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En defensa (tardía) del choteo cubano

 

Especial para El Nuevo Herald

El resultado está a la vista: dictadores eternos, intelectuales insufriblemente graves y la risa --esa cosa tan seria-- muchas veces monopolizada por los más torpes.

Enrique José Varona --una de las principales referencias intelectuales y éticas a inicios de la República-- no desconocía las conexiones entre risa y civismo. En un artículo llamado precisamente "Humorismo y tolerancia'' declara que "el humorismo del pueblo inglés es una de las manifestaciones de la conciencia de su fuerza''. Entre cubanos, en cambio, la risa suele ser más bien lo contrario. Frente al mito extendido de que los cubanos no encontramos soluciones porque nos desgastamos en la risa, me inclino a pensar que más bien nos reímos cuando no hallamos otra solución.

Confieso que hace tiempo me esforzaba en distinguir el choteo del humor, ése que ‘‘pone a la vista el fondo de las cosas, el reverso de las medallas, y ríe para hacer pensar'' (Varona.) Ahora pienso que cuando me esforzaba en separar el humor del choteo les daba la razón a quienes suelen despreciar la risa del mismo modo en que aquella Cecilia, al discriminar su tez de otras más oscuras, no hacía sino reforzar el racismo que la marginaba. No es mal momento para reivindicar el choteo, junto al resto de las variantes de lo cómico, como medio de contener esa severidad inflada y falsa a que somos tan propensos; como mecanismo de deshacernos de las mitologías que lastran nuestro modo de relacionarnos, de entendernos como nación y como individuos; de mostrarnos tal cuales somos, sin esas aureolas de bisutería que nos fabricamos a cada rato para ponernos fuera del alcance de la crítica.

Reconozco que el exceso de choteo puede ser dañino, pero también lo puede ser el exceso de agua, y no por eso nos convertimos en partidarios de la sequía. Los que sostienen la hipótesis de que la llegada del castrismo fue favorecida por el choteo tienen en contra la opinión del propio Mañach. En una nota al pie de su famoso librito escrita a la altura de 1955 (justo cuando colaboraba en la redacción de un librito no menos famoso, La historia me absolverá), declaraba que el choteo estaba en retirada porque "el proceso revolucionario del 30 al 40, tan tenso, tan angustioso, tan cruento a veces, llegó a dramatizar al cubano''.

Al choteo le debemos también muchas de las descripciones más incisivas del carácter nacional. ¿No han sido Eduardo Abela, Castor Vispo, Eladio Secades, Guillermo Alvarez Guedes, Héctor Zumbado o Ramón Fernández Larrea choteadores profesionales y, al mismo tiempo, anatomistas de lo cubano? Pese a su mala prensa, el choteo circula alegremente (mezclado con otras variantes de la risa o en estado puro) por la obra de escritores tan reverenciados como Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Virgilio Piñera. Tres tristes tigres, El color del verano y La carne de René son sublimaciones monumentales del choteo. Y en la intersección de arte y política encontramos manifestaciones recientes y brillantes del choteo.

Choteo son las canciones de Porno para Ricardo, los artículos de Fermín Gabor, las portadas de Guamá (Lauzán), y otras tantas maneras de despojar al castrismo de sus últimos andrajos de falsa seriedad.

Si las denuncias se encargan de descubrir lo terrible del sistema cubano, el choteo revela su sinsentido. Como diría un filósofo: "El mejor modo de comprobar cuánta verdad hay en una cosa es reducirla al ridículo y ver cuánta broma aguanta''. Es por eso que en nuestros mejores choteadores uno nota cierto acomodo a su propio ser, una plenitud apoyada en la confianza de que lo verdadero sobrevivirá a su parodia y que siempre hay algo falso en aquello que no resista una buena carcajada.

El Nuevo Herald

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