Pocos tópicos sobre los cubanos se han demostrado más perdurables y arraigados que el que nos ve como a un pueblo que ríe. Que ha reído siempre. Que ríe demasiado. Que --saludable virtud-- sabe reírse de sí mismo.
Muy raras veces se libran las crónicas que hacen los extranjeros que han visitado Cuba del pasmo ante esa aptitud de sus habitantes para la jovialidad entre la pobreza, para intercalar carcajadas en el relato de sus miserias, para burlarse del gobierno y de su indefensión ante el poder omnímodo que soportan.
Para mofarse, en definitiva, de la propia circunstancia en que los coloca el sistema político vigente en la isla.
No se trata, ni mucho menos, de un rasgo que los cubanos ostentemos en exclusiva. Se ríe siempre, aunque muchas veces se ría para no llorar, que dicen quienes lo hacen desde la desesperación. Si en las sociedades libres el humor y la capacidad que tienen los ciudadanos para mofarse del poder y los poderosos sirve de aceite que optimiza el funcionamiento de los mecanismos que sustentan el orden democrático, también bajo los regímenes totalitarios el humor ha asomado siempre y ha funcionado en una doble dimensión: ha sido fármaco y ha significado un permanente reto al poder.
Ya Henri Bergson constataba a finales del siglo XIX la función social de la risa, una de ellas la de colocar a las instituciones y poderes públicos ante el insoportable desenfado de su capacidad desmitificadora. "La risa, algo humillante siempre para quien la motiva, es verdaderamente una especie de broma social pesada'', escribió Bergson, quien vindicaba la aptitud de la risa para servir de corrector de los desmanes del poder. El optimismo bergsoniano veía a la burla como una herramienta que evitaría que los gobernantes persistieran en sus errores.
En tanto fármaco --a veces anestésico--, hay testimonios sobrados de cómo el humor ha sabido colarse en sitios tan rabiosamente hostiles a la risa como los campos de concentración. La literatura ha sabido dar cuenta de esa insólita capacidad humana para la risa. Cuando Vasili Grossman narra en la monumental Vida y destino el instante en que un grupo de judíos ingresa a la cámara de gas, son separados por sexos y se escucha a un hombre gritarle a su mujer que no se olvide de ponerse el traje de baño, el lector asiste a la apoteosis del choteo, como los personajes asisten a la apoteosis de la crueldad. En tono mucho más modesto, en la Cuba republicana Miguel de Marcos convirtió en sátira a ratos hilarante la ola de suicidios que conoció el país que dejó de bailar la Danza de los Millones para danzar con la bancarrota y la miseria.
Aun sin llegar a esos extremos macabros, la historia de las dictaduras o las debacles nacionales es también la del humor que se les ha opuesto, ridiculizando al dictador y sus valedores, comparando --cuando tienen vedado hacerlo los discursos políticos o sociológicos-- la sinrazón del poder dictatorial con la dolce vita democrática.
El tópico de la ligereza de los cubanos, como discurso estructurado y científico, es tan viejo como la fundación de la República. Entonces apareció asociado a las dudas de los cubanos acerca de su madurez como pueblo capaz de construir una república independiente y próspera. De la "indolencia tropical'' que denunciaba Francisco Figueras en Cuba y su evolución colonial (1908) al "choteo'' que mereció la indagación de Jorge Mañach en su célebre conferencia leída en 1928 se hilvanó el discurso acerca de nuestra proclividad a la risa y la burla, nuestra resistencia a tomarnos en serio todo lo que participe de la gravedad de la política. También los elogios o vituperios al ejercicio de la trompetilla, que fuera arma nacional contra la impostura, la falsa gravedad y el teque.





























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