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Un pueblo que sabe reírse de sí mismo

 

Especial para El Nuevo Herald

La Indagación del choteo de Jorge Mañach, sin embargo, se suele leer apenas como un cáustico repaso de una presunta lacra de la psicología nacional --una buena excepción es la lectura propuesta por Duanel Díaz en Mañach o la República (2003)--, minusvalorando así el potencial didáctico y democratizante de la risa que Mañach defiende en la estela de Bergson.

Pero si el humor sirve para corregir los excesos del poder en los regímenes democráticos, ¿lo hace también bajo los totalitarismos? La conferencia de Mañach no ofrece respuestas a esa pregunta, porque fue escrita antes de que Cuba se iniciara en su ciclo dictatorial, pero conviene reparar en que tiene una reedición en 1955, bajo el segundo gobierno de Fulgencio Batista. Años, por cierto, en los que la censura no impedía que aparecieran publicaciones satíricas como Zig-Zag, a cuyos redactores enviaron sendas notas de agradecimiento los hermanos Castro y Ernesto Guevara fechadas tan pronto como en los días 2 y 4 de enero de 1959. Una premura de veras elocuente.

La historia del humor cubano durante el último medio siglo está por escribir, como por escribir está la historia de la contestación al gobierno. Repasará esa historia futura la manera en que el poder revolucionario se apropió del humor para desacreditar el régimen democrático anterior --así en programas tan exitosos como San Nicolás del Peladero, humor puesto al servicio de la reescritura de la historia-- y lo dirigió contra los enemigos, reales o ilusorios, del nuevo régimen, a la vez que proscribía celosamente chotear al nuevo caudillo o al gobierno revolucionario.

Recogerá también la risa continua entre la isla y el exilio, ejemplificada en la maestría ejemplar de Guillermo Alvarez Guedes, rey absoluto de las grabaciones que rodaron por toda Cuba durante décadas, o en cada arriesgada apuesta de los humoristas que trabajan en Cuba, siempre recibidas con júbilo en el exilio.

Incluirá el perpetuo estado de negociación a que se vieron, se ven, sometidos todos aquellos humoristas cubanos que se han atrevido con la crítica social, siquiera epidérmica: la crítica a la escasez, la carestía, la burocracia. A algún colaborador de esa historia escrita desde el futuro le tocará dirimir si de veras el choteo cubano fue un valladar contra la sovietización definitiva del país en los años de acercamiento al Kremlin. A alguno le tocará rastrear el reciente y asiduo tránsito de los humoristas cubanos hacia el exilio, donde encuentran rápido acomodo en los espacios radiales y televisivos.

Por fin, esa historia tendrá que establecer si, como sospecho, el cubano que ríe hoy ante el forastero que viaja a Cuba como quien lo hace al último reducto del totalitarismo en el hemisferio, se ríe menos de sí mismo que de la ingenuidad del visitante que busca encontrar allá la permanencia de un tópico en el trópico. A fin de cuentas, la risa no va a ser una excepción en la isla donde nada es lo que parece. Ni siquiera el choteo.

www.eltonodelavoz.com

El Nuevo Herald

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