Publicado el sábado, 06.13.09
Reportaje investigativo
Asesinato de joven colombiano ilustra la tragedia de los "falsos positivos''

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Por GERARDO REYES y GONZALO GUILLEN
greyes@herald.com
Fabio Rodríguez Benavides, un risueño joven de 23 años a quien le decían El Caballito por el tamaño de sus dientes, se despidió de su madre como a la una de la tarde del sábado 24 de marzo del 2007 y dejó en el aire de su modesta casa del Barrio Popular de Granada el olor a jabón de los recién bañados.
Salió en sandalias, estrenando una camisa de cuadros rojos y jeans con el plan de invitar a una muchacha de la que se había enamorado a tomar un refrigerio en algún lugar del centro del caluroso pueblo de los Llanos Orientales de Colombia, a unos 180 kilómetros de Bogotá.
Iba a la cita cojeando de su pierna izquierda porque aún no se había recuperado de una operación de la rodilla, luego de una aparatosa caída haciendo ejercicios en el Batallón de Selva número 50 del Ejército de Colombia, donde prestaba, feliz, el servicio militar.
El batallón está localizado al extremo sur del país, a cientos de kilómetros de Granada.
"Salió de acá, se bañó bien, se estaba estrenando una ropa muy bonita, y me dijo que por la tarde iba a salir con una niña’’, recuerda Raquel Benavides, la madre de Rodríguez, en una extensa entrevista con El Nuevo Herald en su casa de Granada.
Fue la última vez que lo vio.
Tres días después, tras una intensa búsqueda, Viviana Salcedo, la hermana de Fabio, logró que en las oficinas locales de la Fiscalía General de la Nación le permitieran ver las fotografías tomadas a un supuesto guerrillero que había sido abatido en combate en las cercanías de Granada el sábado por la noche.
Era su hermano. Fabio, el muchacho que soñaba ser oficial del ejército, aparecía en las imágenes con la cruz de madera de su collar metida entre los dientes, y a su lado una pistola, una granada, municiones y, en lugar de las sandalias, unas botas pantaneras de las que usan los guerrilleros.
"Casi me desmayo y me tiré al piso’’, recordó Viviana. "Una señora del CTI [Cuerpo Técnico de Investigaciones de la fiscalía] me dijo ‘no haga escándalo' y me sacó del brazo y me arrastró, y entonces yo les grité, les dije una grosería. ‘El no era guerrillero', les dije. ‘El era mi hermano y pertenecía al ejército' ’’.
Rodríguez es hoy un número más en la creciente estadística de los llamados "falsos positivos’’, víctimas de ejecuciones extrajudiciales presuntamente cometidas por miembros de las fuerzas armadas en procura de obtener recompensas en dinero, ascensos o vacaciones, de acuerdo con las investigaciones de organismos judiciales y activistas de derechos humanos.
La fiscalía investiga 1,855 asesinatos de civiles en similares condiciones en las que murió Rodríguez, en lo que constituye una de las modalidades de violación de derechos humanos más escandalosa en los últimos años en un país ya agobiado por una prolongada y sangrienta guerra civil.
El caso de Rodríguez encierra la terrible ironía de que los asesinos escogieron para su misión a un joven que veneraba el ejército.
"A Fabio le encantaba el ejército desde que estaba en el bachillerato, y a finales de ese marzo iba a meter los papeles para hacer la carrera de oficial’’, explicó su hermana Viviana.
A partir de los testimonios de la familia, de los datos nerviosos que le pasan sus vecinos y de la información presentada en una demanda contra la nación, El Nuevo Herald logró reconstruir algunos episodios de las últimas horas de Rodríguez.
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