Muchos han conseguido dejar atrás la pesadilla. Saray Restrepo (sin relación con la anterior), de 16 años, y sus hermanos Sebastián y Carlos, de 13 y 14, respectivamente, consideran que han superado las barreras de adaptación seis años después de que se asilaran en Miami junto con sus padres, Sofía y Carlos.
Los Restrepo estaban amenazados por grupos paramilitares en Colombia, porque Carlos, padre, se había involucrado como asesor de una campaña política en el municipio de Valledupar. La salida no tuvo mayores complicaciones, hasta que los problemas de inseguridad comenzaran a afectar a los tres hijos, quienes pensaban que habían viajado a Miami de vacaciones.
Al asilarse, su estilo de vida se hizo menos opulento que en Colombia. Aquí ambos padres tenían que trabajar y el pequeño Carlos se había enfermado. A Saray y Sebastián los enviaron con parientes en Pensylvannia. Cuando la familia finalmente se reunificó, empezaron los problemas en la escuela.
"Al principio los niños se sintieron rechazados'', dijo Sofía.
Los Restrepo, que viven en una casa alquilada en Doral, están felices con su nueva vida. Lamentan no poder regresar a Colombia para visitar a familiares y amigos que extrañan. Ese, subrayó Carlos, es el precio de "tener tranquilidad, seguridad y un futuro mucho mejor para los hijos del que podríamos vislumbrar en nuestro país''.
A lo largo de cinco años, la familia ha aprovechado diversos servicios. Carlos y Sebastián reciben tutoría escolar gratis en la casa. Y Saray participó en un curso de pintura del Departamento de Servicios Humanos del Condado de Miami-Dade, donde además de enseñarle arte, le pagaron un sueldo nominal.
"Cuando le digo a alguien que soy asilada, la gente me pregunta: ¿Qué es eso' '', comentó Saray, quien forjó amistad con adolescentes que han pasado por experiencias similares. "Cuando estás con otros refugiados no hay que estar dando explicaciones''.






























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