Mi abuelo Elías y yo siempre fuimos muy cercanos. Más allá de abuelo y nieto, éramos amigos.
En Venezuela, donde nací, habíamos creado nuestro pequeño mundo. Ibamos juntos a cortarnos el cabello en nuestra barbería favorita, aunque él era prácticamente calvo. Acostumbrábamos a sentarnos, uno al lado del otro, a leer y comentar tres periódicos. De vez en cuando me enseñaba palabras en yídish, su idioma materno. Y a espaldas de mi mamá, me premiaba con chocolates suizos.
Sin embargo, Opa, como le decíamos al abuelo (que es como en alemán se les dice a los abuelos) nunca quiso hablarme de su vida en Polonia. No podía sacarle ni una sola anécdota de su juventud. Tampoco quería pronunciar una palabra en polaco. Casi toda su familia había muerto en los campos de muerte de los nazis. Y ésa era toda la información que estaba dispuesto a compartir.
Esta primavera, en el décimo aniversario de su muerte, emprendí un viaje a Polonia para buscar su historia. Quería entender las cosas que forjaron su personalidad, como, por ejemplo, qué lo había hecho tan sensible al sufrimiento ajeno y, también, qué lo motivaba a dejar dinero regado por donde caminaba, anónimamente, para quien lo necesitara.
Al mismo tiempo, fui a encarar los fantasmas del Holocausto.
A pesar de que los nazis se encargaron de borrar, en numerosos casos, sus macabras huellas en lugares como Belzec, el campo de concentración donde fueron exterminados mis familiares, conseguí rescatar en el viaje piezas sueltas del rompecabezas de la vida de mi abuelo.
En la oficina de registros civiles, dentro del majestuoso ayuntamiento neorenacentista en la plaza central, demostré que Elías Roth era mi abuelo. Cosa rara en estos casos, tenía la fecha exacta de su nacimiento y el nombre de sus padres, mis bi-ew sabuelos. Fui con mi pasaporte, el de mi madre, Karin, y nuestras respectivas actas de nacimiento. También llevé el certificado de matrimonio de mis abuelos en Venezuela, en 1941, y la partida de defunción de Opa.
En un libro marrón, agrietado por el tiempo, donde sólo se registraban los nacimientos judíos, encontré su nombre: Elisze --Elías en yídish-- escrito en letras góticas cursivas. Igualmente, hallé la fecha de su bris(circuncisión), su dirección, la ocupación de Ytzjak --su padre--, los nombres de mis tatarabuelos y la fecha de matrimonio de mis bisabuelos.
Me otorgaron un comprobante de su partida de nacimiento, pero me prohibieron fotografiar el registro original. Corrí a Reynek 9, la esquina de la plaza donde vivió. El edificio estaba completamente renovado. Subí y baje las escaleras, me asomé por las ventanas, toqué las paredes y me transporté a la época de su niñez. Finalmente había llegado a un lugar tan remoto --y tan cercano-- que constituía parte mi herencia.
LOS ORIGENES
Mi abuelo llegó a Venezuela en 1942, huyendo del nazismo. Estaba decidido a forjar un nuevo futuro para que sus descendientes naciéramos en una sociedad libre, donde a los judíos nos respetaran y nos concedieran los mismos derechos que a los demás, una igualdad que era desconocida para él.
Desde niño había presenciado ataques antisemitas. Su comunidad sufrió considerablemente por la ocupación rusa durante la I Guerra Mundial y, más adelante, a consecuencia de políticas antijudías instituidas por el gobierno polaco. Numerosas familias, particularmente las religiosas, como la suya, cayeron en la indigencia.



























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