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SEPTIMO DIA

Viaje al rescate de la historia

 
 

Sophia y Elias Roth en la foto de boda.
Sophia y Elias Roth en la foto de boda.

NOWY SACZ, Polonia

Ese panorama lo motivó, cuando apenas tenía unos 25 años, a salir de Polonia. Junto a un hermano mayor se mudó a Amberes, Bélgica, para encontrarse con un tío que trabajaba en el giro de los diamantes. Esa fortuita circunstancia le salvó la vida.

En 1939, los nazis ocuparon Polonia. Los judíos de Sandz, como le dicen a Nowy Sacz en yídish, fueron arrinconados en un gueto, despojados de sus derechos y propiedades. En agosto de 1942, más del 90 por ciento de la comunidad judía de 17,000 almas de Sandz y las aldeas aledañas fue transportado a Belzec. Entre ellos, los padres y hermanos de mi abuelo.

De cierta manera, la historia de mi abuelo se asemeja a la de miles de sobrevivientes de la barbarie nazi que lo perdieron todo en Europa y nunca más se reencontraron con sus seres queridos. Llegaron a América desmoralizados y les fue difícil adaptarse por el idioma y la cultura. Jamás pudieron sanar las profundas heridas.

Mi abuelo dividía su tiempo entre Caracas y Ciudad Bolívar, la puerta al Amazonas, donde se dedicó al negocio de los diamantes en bruto, rubro en el que se mantendría hasta su retiro, mucho antes de fallecer a los 88 años. Al saber que mi abuela Sophia, a quien conoció durante la guerra, también había sobrevivido y estaba radicada en Curazao, la invitó a Venezuela y le pidió la mano.

Venezuela había abierto sus puertas a los sobrevivientes de la guerra. En el país había una colonia hebrea ya establecida. Pero la aceptación y la tolerancia de los venezolanos hacia los judíos venía de mucho antes, pues su presencia data de la gesta independentista de Simón Bolívar.

Opa no tardó mucho en prosperar. Mi madre y mi tía se beneficiaron con una educación sólida, tanto laica como judía, que décadas después se transfirió a nosotros. Al igual que todos los abuelos, Elías estaba orgulloso de mí.

A él le había costado mucho aprender el español y yo lo escribía con facilidad, pues era mi idioma natal. Cuando empecé a publicar mis primeros artículos, a los 17 años, agregué su apellido al mío: Shoer Roth. Sabía que, para él ése era uno de los frutos de haber sobrevivido el Holocausto.

UN HOGAR PERMANENTE

En una Europa en la que durante siglos los judíos estaban a merced de las monarquías, Polonia les ofreció un hogar permanente desde el siglo XI. Antes de la II Guerra Mundial, la comunidad hebrea sumaba 3.3 millones, la más numerosa del Viejo Continente.

Sandz se levantó en el siglo XIII sobre una llanura rodeada por montañas cerca de la frontera con la actual República Eslovaca. Los primeros judíos se asentaron allí a finales del siglo XV. Sin embargo, no sería sino hasta comienzos del siglo XVII cuando tras invasiones de ejércitos enemigos y el azote de las epidemias que arruinaron la economía local, se les permitió establecer una comunidad oficialmente.

La historia de Sandz ilustra la de cientos de shtetls o aldeas judías que existieron en Polonia y en el este de Europa. Los judíos eran comerciantes, prestamistas, agricultores y desempeñaban labores manuales.

Mi abuelo nació el 13 de abril de 1911 en el seno de una familia jasídica. Como cualquier niño religioso de la época, estudió en el jéder, donde sólo se enseñaban asignaturas hebraicas. Su padre fabricaba materiales para zapatos y llegado a la juventud Opa se vio obligado a abandonar los estudios para trabajar con él.

El Nuevo Herald

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