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SEPTIMO DIA

Viaje al rescate de la historia

 
 

Sophia y Elias Roth en la foto de boda.
Sophia y Elias Roth en la foto de boda.

NOWY SACZ, Polonia

No quedaron fotografías de la familia ni cartas ni recuerdos de aquella época. La imagen más joven de mi abuelo que conservo, de 1944, lo muestra vestido con largas botas negras, casi hasta las rodillas, afuera de una choza en la selva amazónica.

EL LEGADO

Jakub Müller no quiere que la historia de los judíos de Nowy Sacz sea olvidada. A los 88 años, es uno de los últimos testigos del shtetl. Tiene la valentía de visitarlo cada año, poniéndose en contacto con su pasado, para preservar lo que, para él, es su más sagrado tesoro: el cementerio judío, restaurado con sus propias manos.

Müller es enérgico, carismático e intenso. Le gusta recordar anécdotas de su juventud. Al narrarlas, sus ojos azules se humedecen. Sobrevivió el Holocausto ocultándose durante la ocupación alemana. En 1969, emigró con su esposa e hijos a Suecia, huyendo de una severa campaña antisemita del gobierno comunista.

Cuando regresa a Sandz durante la primavera, los descendientes de otros judíos del área vienen a preguntarle si los recuerda.

"Creo que conocí a los Roth'', me dijo en polaco, por medio de un intérprete.

¿Por qué mi abuelo nunca quiso hablarme de este lugar?

"A lo mejor porque no se sentía conectado'', me respondió minutos antes de la víspera del shabat.

Lo acompañé a la pequeña Sinagoga de Sandz, donde él es el único fiel. Tiene bancos de madera y un sencillo altar con los rollos de la Torá.

Tengo curiosidad de saber por qué, si aquí perdió a su familia, Müller sigue regresando a Nowy Sacz.

"Estoy acostumbrado a este lugar'', precisó. "Aquí tengo mi corazón''.

Para cerrar el viaje, toqué las puertas del Instituto Histórico Judío, en Varsovia, donde se documentan 10 siglos de presencia hebrea en Polonia.

"¿Por qué estás aquí?", me preguntó Anna Przybyszewska, directora del Proyecto de Genealogía de la Fundación Ro-ew nald S. Lauder.

Le respondí que había viajado para indagar sobre lo que mi abuelo nunca me contó de su pasado.

"¿Y qué encontraste?", replicó.

Le conté que había encontrado su partida de nacimiento, visitado la casa donde creció y me había podido hacer una idea de lo que era el shtetl de Sandz conversando con, muy posiblemente, uno de sus últimos testigos.

Przybyszewska me miró escéptica: "¿Eso es todo?"

Súbitamente, me invadió una sensación de vacío. Me di cuenta de que sólo había visto la punta del iceberg.

Pude haber investigado en los archivos estatales del gobierno polaco. Me faltaba recrear mejor la atmósfera de la infancia de Opa recopilando más testimonios.

"Viniste por muy corto tiempo'', afirmó Przybyszewska. "Necesitas por lo menos un año. Todo depende de cuán importante sea para ti''.

Me sentí frustrado.

"Es muy importante para mí'', le dije.

No sólo por mi cercanía con Elías, sino también por el compromiso que tengo como judío --y periodista-- con la historia de mi pueblo. Cientos de familiares de mis cuatro abuelos perecieron durante el Holocausto. Tengo la obligación moral de que no se opaque su memoria.

En retrospectiva, la visita me hizo aún más consciente de mi responsabilidad.

Sé que mi abuelo sigue orgulloso de mí. No sólo por ser su único nieto varón, por saber escribir en español y por ser su inseparable amigo, sino también por intentar rescatar su historia. Este es sólo el comienzo.

El Nuevo Herald

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