• Salir
  • Centro de Membresía

ESTEROIDES

Una tragedia que a nadie le importa

 
 

David Ortiz y Manny Ramírez.
David Ortiz y Manny Ramírez.

EL NUEVO HERALD

Dicen que una mentira repetida varias veces puede convertirse en verdad y que una tragedia reiterada al infinito pierde dramatismo. Algo parecido sucede con las noticias que llegan del béisbol en el frente de los esteroides.

Si todos abrimos la boca y nos quedamos de una pieza con la revelación de Rafael Palmeiro -el primer gran nombre que salió a la luz pública-, si luego nos indignó la confesión de Alex Rodríguez, hoy saber que David Ortiz y Manny Ramírez forman parte de la infame lista de mentirosos provoca, cuando más, decepción.

Pero también hastío, aburrimiento y resignación. Si la prensa especializada que vota para el Salón de la Fama no está dispuesta a perdonar, al menos de inmediato, la opinión pública y los fanáticos parecen dispuestos a permitir el paso del cortejo de quienes tomaron atajos para llegar más rápido a los contratos millonarios y al corazón de la gente.

Nadie abuchea a Rodríguez, a Manny se le sigue idolatrando en el Dodger Stadium y dudo mucho que la nación patirroja la emprenda contra una figura tan reverenciada y bonachona como la del Big Papi. ¿Un botón de muestra? La ovación que recibió el dominicano al empuñar ayer en el choque de Boston contra Oakland.

Si alguien pudiera arrastar una recriminación constante sería Barry Bonds, y no porque es el referente mayor de una generación que abrazó por entero la cultura del dopaje, sino porque su personalidad, arrogante y soberbia, lo convierten en el blanco perfecto de las críticas. En otras palabras: nadie lo soporta.

A pesar de la crisis económica, de los fiascos publicitarios, de las audiencias congresionales y las noticias abrumadoras, los aficionados siguen acudiendo en masa a los estadios y las finanzas del béisbol gozan de buena salud.

¿Cómo se ha llegado a este punto en el cual se vira la cara ante la prueba irrefutable del engaño?

Las Grandes Ligas cargan con gran parte de la culpa por no haber sabido trazar una estrategia clara con lo sucedo en unos años en los que no existía legislación alguna y todo estaba permitido.

Ya sabemos del plan presente, resuelto con lo que mejor había a mano: multas y suspensiones, pero qué hacer con toda esa cultura permisiva del pasado que más bien parecía tierra de nadie y los peloteros usaban cuanta sustancia les prometiera mejorar sus números y sus salarios.

¿Habrá asterisco o no lo habrá? ¿Se borrarán los récords -y aquí vuelve a la palestra Bonds, dueño del más reverenciado de todos- o permanecerán intocables en los libros? Nadie sabe nada y nadie sugiera nada, empezando por el comisionado Bud Selig.

Y por último, ¿qué hacer con la dichosa lista del centenar de peloteros sorprendidos en el 2003? Mientras no se publique íntegra y Selig haga una aclaración rotunda sobre ella, los medios de prensa, como es lógico, continuarán su feroz labor investigativa, desenterrando los nombres de héroes que, aunque manchados, proseguirán sus carreras aupados en el perdón de la mayoría.

El Nuevo Herald

Súmese a la discusión

El Nuevo Herald tiene el gusto de ofrecerle la oportunidad de compartir información, experiencias y observaciones sobre las noticias que cubrimos. Los comentarios que haga pueden ser publicados tanto en nuestro sitio en línea como en el periódico. Lo invitamos a que participe en un debate abierto sobre los asuntos del día y le pedimos que evite el uso de palabras obscenas, frases de odio, comentarios personales y señalamientos que puedan resultar ofensivos. Gracias por ofrecernos sus opiniones.

Hemos incorporado un nuevo sistema de comentarios llamado Disqus. Esto le permite a nuestros lectores la opción de firmar lo que escriben utilizando su contraseña actual en El Nuevo Herald.com, su nombre de usuario de Facebook, Twitter o su cuenta en ElNuevoHerald.Disqus.

Esconder Comentarios

Esto afectará los comentarios en todas las historias.

Canceler OK
  • Videos