Las ilusiones infundadas siempre dejan más de un corazón roto. Uno debería aprender eso de las mujeres que amó y nunca le correspondieron, y de los equipos que le hicieron soñar antes de morir en la orilla de la decepción.
Los fanáticos de los Cachorros de Chicago son especialistas en el tema, los de los Mets de Nueva York pudieran escribir un tratado al respecto y los de los Medias Rojas de Boston pagaron su deuda con más de un siglo de dolor.
Entonces, los de los Marlins de la Florida debieran estar curados de espanto.
Después de todo, estamos hablando de los peces eternamente jóvenes, intrinsicamente pobres en las finanzas y condenados a vivir en el medio de la tabla de posiciones, que a veces también es lo mismo que la mediocridad salpicada con retazos de talento.
Con los peces nunca se sabe. Le arrancan una serie a los Dodgers, destrozan a los Bravos y sorprenden a los Cachorros, tres clubes bien plantados y superiores al menos en el papel. Y uno comete la imprudencia de soñar con los playoffs cuando aún queda mucho béisbol en el horizonte.
Pero sucede lo que sucedió en Washington y la realidad innegable vuelve a abrirle paso al sentido común y al hecho de que estos Marlins del 2009 están lejos de aquellos que en el 2003, a pesar del deja vú de ciertas imágenes que se resisten a partir.
Si en las series previas los Marlins demostraron su capacidad de luchar, es decir, de ilusionarnos; en esta que recién acabó enseñaron las costuras de un traje a medio hacer y que no alcanzará a vestir al equipo para una improbable postemporada.
Los Nacionales eran la víctima ideal, lista para poner la cabeza bajo la guillotina, y los peces fueron incapaces de tirar de la palanca de ajusticiamiento. Pasaron a ser la presa inesperada gracias a una sarta de errores mentales y de mecánica que pudieran resumirse en una sola frase: este no es un equipo de playoffs. O como suele decir un querido amigo en su lenguaje coloquial: no es un equipo macho.
No se concibe que en dos de los juegos un club como el de la capital haya venido de atrás para borrar desventajas de cuatro y de seis carreras, ni que los Marlins hayan dejado esperando en base a 28 corredores, desperdiciando una oportunidad tras otra y perdiendo totalmente el sentido de la situación.
Nick Johnson ha hecho todo lo que se esperaba de él, se ha embasado cuantas veces le ha sido posible para darle más chances de anotar carreras a los peces, pero el equipo parece no tomarlo en cuenta. El refuerzo ha funcionado, el resto ha retrocedido.
No, un equipo con alma de playoffs no comete esos errores, al menos no de manera tan repetida, y está presto a clavar el puñal en su oponente nada más de presentir su vulnerabilidad.
Tal vez las expectativas creadas por ellos mismos crecieron más allá de lo usual. Quizá este es el signo de un club con demasiadas lagunas al que habría que aplaudirle haber llegado a este mes jugando un béisbol de relevancia, pero temo que cuando venga octubre los peces estarán nadando en las vacaciones.
Así que cero ilusiones, porque eso de que soñar no cuesta nada no es del todo cierto.

























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