Primero dejemos las cosas en claro. La llegada de Quentin Richardson no estremece el suelo de Miami ni envía una onda expansiva de miedo al resto de la Conferencia Este, porque este jugador no es de los cambia el rostro de una franquicia con su solo acto de presencia.
Pero sí ratifica la genialidad de Pat Riley para encontrar buenas piezas de cambio en el mercado más turbulento y embaucar a sus colegas de la NBA a la hora de aceptar a jugadores que en principio no interesan a nadie.
Por que ya el hecho de salir de Mark Blount y su insípido pasar por la la liga bien vale una mina de oro. Este es un gigante que ya vio pasar sus mejores días y que ocupaba un espacio precioso en el banco del Heat.
Los Timberwolves, una organización que es el vivo ejemplo de todo lo que no se debe hacer con un equipo profesional, aceptó quedarse con Blount y los $7.9 millones que ganará la próxima temporada, la última de su contrato.
Aquí ya no tenía nada qué hacer. Jamás pudo integrarse al sistema prefijado por Riley para el coach Erick Spoelstra, donde prevalece un enfoque defensivo que exige de los hombres altos una capacidad reboteadora y una marca presionante dentro de la zona interior.
Con su poca movilidad, su escaso gusto para pelear balones -su mejor arma ofensiva era el tiro de media distancia-, y un lenguaje corporal que indicaba cansancio, Blount estaba condenado al fracaso en Miami y no creo que en Minnesota un milagro pueda resucitar su carrera.
Así que, Timberwolves, que les vaya bien.
Y no es que el recién llegado sea la cura de los males del Heat -que son varios-, pero entre la torpeza vacía de Blount y la carrera ambulante de Richardson, me quedo con lo segundo, porque al menos este último ha sido un probado competidor en todos los equipos por donde ha pasado.
Noche por noche, Richardson aporta 11.5 puntos y cinco rebotes, y es una fuerza a tener en cuenta con sus disparos desde el perímetro, de modo que cubre el agujero dejado por Jamario Moon en su partida a Toronto.
Pero si todo esto no fuera suficiente para aplaudir su llegada, baste decir que es uno de los mejores amigos fuera de la cancha de Dwyane Wade. Ambos provienen del área de Chicago, suelen trabajar juntos en el mismo gimnasio durante la pretemporada y esto garantiza una química que pudiera aplacar, de momento, las demandas de personal de la estrella del Heat.
Este es, sin duda, uno de esos movimientos que llevan de principio a fin el santo y seña de Riley, quien sabe esperar -y desesperar a los fanáticos- como un tigre en la selva el momento propicio para caer encima de su presa.
Todavía pudiera haber más sorpresas si Miami le echa mano a Jamaal Tinsley o Allen Iverson, pero si estos serían predecibles, el que acaba de ocurrir no lo esperaba nadie.
¿Cambiar a Mark Blount? Huh, quién lo hubiera creído.



























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