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PALABRA DE PESO

Hora de cerrar un capítulo complicado para Hanley Ramírez

 
TOM GANNAM / Associated Press

jebro@elnuevoherald.com

Para no perder tiempo: no creo que Dan Uggla tenga razón cuando acusa a Hanley Ramírez de fingir una lesión o de sacarle el cuerpo al equipo para proteger su potencial título de bateo en la Liga Nacional.

He seguido a Ramírez desde que puso un pie por primera vez en los Marlins y tengo pruebas más que suficientes para saber que entrena sin poner reparos, que juega bajo dolores soportables y jamás lo he visto llegar tarde al clubhouse, no como otros que ya pasaron.

Mucho menos pongo en duda su buen corazón -hay que verlo cerca de los niños para entender esto-, en repetidas ocasiones lo he escuchado hablando con orgullo de sus padres y sé que valora lo que le ha dado la vida en estos tiempos de crisis para muchos.

Uggla, que deja todos los días el alma en el terreno, vierte su frustración en Hanley al ver cómo la temporada se les escapa a los peces y el wild card es como una botella en el mar que lleva adentro el mensaje del final.

Pero Uggla no tiene el talento de Hanley y le preocupa que el mejor jugador del club no esté en la alineación, aunque me arriesgo a asegurar que podría haber un leve componente de envidia en todo esto.

En resumidas cuentas, el dominicano es el hombre de los $70 millones y el segunda base asume que sus días con el uniforme marino llegarán a su fin cuando se decrete el último out de la actual campaña.

Problemas de este tipo suceden todos los días en los equipos de las Mayores, pero Uggla y Ramírez, a quienes siempre vi tratándose con un cariño mutuo total, fallaron al permitir que todo esto llegara a la prensa, que la gente común y corriente viera de cerca uno de los lados oscuros del béisbol profesional.

Dicho todo esto, también es preciso que Hanley entienda que en toda estrella deportiva convergen dos líneas paralelas: los buenos resultados en el campo deportivo y la percepción de la opinión pública. Y a veces la segunda es tan o más importante incluso que la primera.

Ramírez lo tiene todo para convertirse en el mejor embajador de las Grandes Ligas, en un mimado de los periodistas y un ídolo de los niños en todos los confines donde se juegue y se siga la pelota.

Los Marlins le han puesto delante la plataforma perfecta para multiplicar su imagen, especialmente cuando se inaugure el nuevo estadio, porque si no ocurre una debacle en su vida, Ramírez será el alfa y omega del club que salga al diamante en La Pequeña Habana para inaugurar una nueva etapa que, así esperamos todos, catapulte a la franquicia sudfloridana con una proyección mundial.

Hanley no debe olvidar que los peces no dudarían un minuto en canjearlo a él y al resto de sus $70 millones si se convencen de que el quisqueyano les traería más dolores de cabeza que alegrías. Lo han hecho sin asomo de lástima en el pasado y no les temblaría la mano para repetirlo. Esa es la realidad que puede enfrentar el jugador más rico en el equipo más pobre.

El torpedero de los Marlins debe cuidar cada detalle de su imagen, cada paso, cada gesto. Cuando él quiere puede iluminar el clubhouse con su sola presencia, pero también puede apagarlo si el humor no le acompaña.

Por encima de todo, Hanley debe demostrar que tiene lo suficiente para llegar a ser un gigante en la vida y no simplemente un pelotero al que el destino le dio un enorme talento...y nada más.

Nadie aprecia más a una figura grande que cuando se encuentra en un momento difícil -como ahora que se halla en un letargo ofensivo- y deja aflorar su humildad, y vuelve a ser el ser humano de carne y hueso que nos recuerda por qué lo hemos convertido en héroe.

El Nuevo Herald

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