Las hermanas de Alexa, Krizia Vega, de 19, y Makenzie Vega de 17, son también actrices. Makenzie participó en la película The Family Man.
Como casi todas las cosas que le han ocurrido en la vida, las relaciones amorosas de Vega resultaron de aventuras espontáneas. A su primera esposa, Abby, la conquistó casi forzándola a que posara para él. Abby es la hija de Burton Goldberg, entonces dueño del famoso club Mutiny, un abrevadero etílico de Coconut Grove donde se codeaban policías y narcos del Miami Vice de los años 80. Vega era un asiduo cliente del lugar. Abby y Vega se casaron en 1979 y con ella tuvo a Margaux.
A Rue, la madre de la tres actrices, la conoció en el Aeropuerto Internacional de Miami un día de mayo 1986 en el que ambos perdieron el avión por llegar tarde. El iba a Italia a ultimar los detalles de su boda con una millonaria saudita y ella regresaba de una sesión de modelaje.
Deslumbrado por la belleza de Rue y otra modelo que la acompañaba, Vega les propuso a ambas una osada alternativa: que los tres viajaran a Italia de paseo ese mismo día. El pagaría todo. Ellas aceptaron. Después de un romántico viaje por varias ciudades italianas, Vega canceló su boda y en diciembre se casó con Rue.
La familia permaneció unida durante nueve años viviendo en la Florida y California. Las dos niñas mayores aprendieron algo de español. Luego se divorciaron, pero Vega continuó en contactos esporádicos con sus hijas, según explicó.
Los temores de Rue por su seguridad y la de las niñas se recrudecieron cuando Vega fue arrestado el 21 de marzo del 2000 en lo que sería el comienzo de uno de los mayores escándalos en la historia de los organismos antinarcóticos de Estados Unidos y de la fiscalía del sur de la Florida.
Vega, el segundo de 11 hijos de un trompetista de Bogotá, trabajó durante 20 años con diferentes agencias federales (FBI, DEA, Aduanas y el Servicio de Rentas Internas) en operaciones encubiertas. Pero en la década de los 90 se especializó en convencer a poderosos narcotraficantes colombianos para que se entregaran a la justicia de Estados Unidos a cambio de ventajosos acuerdos de culpabilidad.
Por su intermediación, Vega cobraba cantidades que en algunas ocasiones superaban los $2 millones por cada aspirante a su programa de Resocialización del Narcotraficante Colombiano, como él lo bautizó. Este dinero lo compartía con un grupo de abogados de Estados Unidos que lograban persuadir a ciertos fiscales federales de que firmaran los acuerdos de culpabilidad y cooperación con sus clientes.
Varios narcotraficantes que negociaron con el gobierno de Estados Unidos fueron asesinados en Colombia por otros capos que pensaban que eran soplones.
El esquema, del cual estaban al tanto los agentes de la DEA que trabajaban con Vega, llegó a oídos del FBI. La entidad inició una investigación por considerar que se trataba de un modelo corrupto de obstrucción a la justicia y presentó una denuncia criminal contra Vega.
La DEA ordenó una vasta auditoría interna que no encontró irregularidades en la actuación de sus agentes.
Tras salir bajo fianza de la cárcel, Vega, quien se sentía abandonado por sus amigos en el gobierno, amenazó públicamente con contar todos los detalles de cómo funcionaba su programa, citando los nombres de decenas de fiscales, agentes y abogados que trabajaron con él.
No tuvo problemas tampoco en describir para su biografía las grandes fiestas en prostíbulos de Panamá en las que participaron agentes de la DEA junto con los narcotraficantes que negociaban los arreglos antes de ser traídos al sur de la Florida en aviones ejecutivos alquilados por él.
Después de más de un año, y en una decisión con muy pocos antecedentes, el FBI retiró los cargos y sólo le mantuvo uno por no reportar a tiempo impuestos de 1998.
El mundo de fiestas, viajes y aventuras de Vega se derrumbó de un día para otro.
Las grandes publicaciones de modas le tiraron la puerta en la nariz y sus hijas no volvieron a pasar al teléfono.
Ahora trata de revivir su oficio de fotógrafo y, en los ratos libres, que son muchos más largos que hace 10 años, revisa las películas de sus hijas.
En una de ellas, The Family Man, se sabe de memoria el diálogo que sostiene Makenzie con un hombre extraño que llega a su casa a reemplazar a su papá y le dice que no es su padre pero que el verdadero debe estar en algún rincón del mundo y seguramente la debe querer mucho.





























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