Publicado el domingo, 10.04.09
ITGH y el `Diván de Lezama Lima''
By BELKIS CUZA MALE
Especial/El Nuevo Herald
El culto a un escritor o a un artista en cualesquiera de sus manifestaciones, es en sí mismo un género literario, además de una extravagancia muy común de los tiempos que corren. Las celebridades son seres de carne y hueso que encarnan arquetipos de belleza o desolación. No es el caso de otros que son apreciados por razones laberínticas que no aclaran su trascendecia, pero que continúan como estatuas insondables en un mundo que apenas si los entiende.
En Cuba, el caso más célebre es el del poeta, ensayista y novelista José Lezama Lima, un ser de excepción en todos los géneros, que impresionaba por cosas tan opuestas como su sencillez como ser humano, su fino sarcasmo, y a la vez, por su pensamiento y escritura barroca, comprensible quizás tan sólo por una minoría. Su audiencia disfrutaba del lenguaje alambicado y cultísimo del hombre de Trocadero (calle que es ahora famosa porque allí, en una humilde casa, vivió y trabajó toda su vida), y si a ese lenguaje tan especial, como de trabalenguas culteranas, se suma la personalidad misma de Lezama Lima, tenemos ante nosotros a un dios bajado del Olimpo cubano y sentado a la diestra de Orígenes, presidiendo su factura elitista. Era Lezama Lima un tipo de esos que no se olvidan nunca: gordo en extremo, con respiración asmática, fumador incansable de habanos, con una gula incontrolable --capaz de devorar todo lo que le pusieran delante--, pero sobre todo, un hombre de un humor muy cubano y una capacidad de asombro que resultaba difícil de igualar. Cubano cien por ciento, conjugaba su léxico con su peculiar modo de hablar y de respirar, mientras reía como un niño de sus propias invenciones. No es posible recordarlo más que como lo que era: un genio insular, emergiendo de las aguas del Caribe, viajero inmóvil, sin dejar de visitar los más extraños sitios de la memoria.
Los que lo conocieron saben que era incapaz de odio, que su religiosidad era pragmática y llena de ecos poderosos, que le abastecían de dardos contra la maldad imperante en el entorno político. Uno de los intelectuales más eminentes que ha dado la Isla de Cuba, Lezama tuvo que soportar vituperios y censura, no sólo por su novela Paradiso, y su famoso Capítulo Ocho, sino por su postura intelectual a la hora de enfrentar a los censores.
El autor de Paradiso fue y será siempre el personaje de talla inmensa que despertó la admiración de escritores famosos como Julio Cortázar y de cuanta figura intelectual pusiera los pies en la Isla. Vilipendiado por la oficialidad de la Unión de Escritores (UNEAC), de la que había sido vicepresidente, a su muerte, por razones de propaganda, se le restituye la admiración y el respeto oficial que no encontró en vida y que de seguro lo llevaron a una muerte prematura.
Es lógico, pues, que abunden los textos y libros sobre el fundador de la revista Orígenes, que se hable de Lezama Lima como de la gran figura intelectual que fue y seguirá siendo. Ignacio T. Granados Herrera, joven crítico y ensayista es uno de los que intenta el ``juego adivinatorio'' en torno a su obra, y nos ofrece su Diván de Lezama Lima, recién publicado por la editorial Iduna, de Miami. Obra que intenta abarcar y esclarecer el pensamiento y la personalidad intelectual de este barroco cubano. ``En ese sentido --comenta Granados Herrera--, y para mal o bien del autor y de sus propias contradicciones, existen Paradiso y Opiano Licario; que siendo novelas, dejan claro que la trama es entre arquetipos, el Ser como Potencia y la Realidad en que éste puede culminarse como un Acto''.
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