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Huber Matos: anecdotario en primera persona

 
 

El legendario comandante cubano, Huber Matos, dice tener el compromiso de regresar a la isla.
El legendario comandante cubano, Huber Matos, dice tener el compromiso de regresar a la isla.
Roberto Koltun/El Nuevo Herald

El Nuevo Herald

A 50 años de los dramáticos sucesos que estremecieron la vida cubana tras anunciar su renuncia como comandante revolucionario, Huber Matos está más comprometido que nunca a no olvidar. Cree en la memoria como un recurso para salvar el futuro de Cuba y recuenta su pasado de aventuras, triunfos y agonías con la pasión de un guerrero que no escatima energías ni tiempo para hablar de la patria.

Matos, de 91 años, no se cansa de relatar con lujo de detalles las anécdotas que rodearon sus días de gloria y su decepción del poder revolucionario, codeándose con los principales hombres de aquella gesta liderada por Fidel Castro.

Este domingo reunirá en las oficinas de la organización que dirige, Cuba Independiente y Democrática (CID), a amigos y seguidores para escuchar una grabación que hiciera en la madrugada del 21 de octubre de 1959, cuando presintió que ese sería el último día de su existencia. La cinta fue conservada y sacada de Cuba hacia Puerto Rico poco después de su arresto, y ha podido conservarse hasta hoy en un disco de acetato. El mensaje dedicado al pueblo cubano es una apelación final a Fidel Castro, reafirmando la lealtad a los principios democráticos.

Y Matos también hablará de sus sueños patrióticos y recordará anécdotas que son parte indisoluble de la historia de Cuba. En primera persona.

Antagonismo con Fidel

Fidel Castro y yo siempre tuvimos un marcado antagonismo personal, porque a pesar de que él reconocía mi capacidad organizativa y liderazgo, era una persona que acostumbraba a insultar y humillar a sus subordinados, y conmigo eso no funcionó, simplemente no se lo permití nunca. Por eso decía que yo era muy impulsivo. A veces eran insultos con palabrotas y agravios delante de toda la gente, con el fin de avergonzarte. Recuerdo una reunión en el Tribunal de Cuentas de La Habana, a fines de marzo de 1959, con más de 100 miembros de la dirigencia del Movimiento 26 de Julio y del Gobierno revolucionario. Allí Fidel la emprendió contra el propio Raúl Castro por la tardanza en el traslado de los campamentos militares. Le dijo indecencias realmente indecorosas. Raúl salió de allí llorando, con la cabeza baja.

La popularidad de Camilo

Fidel sentía un celo tremendo por la popularidad de Camilo Cienfuegos, que era un líder natural, con una simpatía que contagiaba. Y porque era un hombre extremadamente valiente. El había establecido que los cinco jefes principales de la revolución éramos, por orden de jerarquía, Fidel, Raúl, Huber Matos, Camilo y el Che Guevara. Pero desde muy al principio del triunfo, en los primeros meses de 1959, comenzó a hablarme mal de Camilo. Me dijo que había cometido un error al nombrarlo al frente del Estado Mayor del Ejército Rebelde. Que Camilo era un bohemio, que tomaba demasiado aguardiente y lo descocaban las mujeres. Camilo cayó en desgracia por su carisma de gente de pueblo. Estaba también muy preocupado por el rumbo comunista que se asomaba ya en la revolución. De eso conversamos mucho Camilo y yo. Es muy curioso que en el último discurso de Camilo desde el Palacio de la Revolución, en el acto para denigrar sobre mi conducta, Fidel lo puso a hablar como penúltimo orador antes que él y se suponía que debía hablar de mí. Sin embargo, no pronunció mi nombre y terminó el discurso pronunciando los famosos versos de Bonifacio Byrne sobre la bandera. A mí me obligaron a oír ese discurso desde una celda en el Castillo del Morro y me sorprendió mucho que ni me mencionara ni pidiera paredón para mí. Eso yo pienso que fue su sentencia de muerte. Después de eso yo recibí los recados confidenciales de Camilo en la prisión, a través de un enviado del Estado Mayor, de que debía fugarme, porque me iban a fusilar. Su desaparición dos días después no hizo más que confirmar mis sospechas de que los Castro querían quitárselo del camino.

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