Detrás de las vistosas señales de prosperidad de esta cálida ciudad del nororiente de Colombia, con supermercados y centros comerciales gigantes, restaurantes estadounidenses de cadena y urbanizaciones de casas modernas y lujosas, se oculta el epicentro de una frontera sitiada por el crimen organizado.
Cúcuta, con un millón de habitantes, gran parte de ellos emigrantes del interior de Colombia, es una ciudad en la que se cruzan casi todos las rutas de organizaciones del narcotráfico, guerrilleros y paramilitares, así como de las mafias del lavado de dinero y la prostitución.
Por sus carreteras pasan cargamentos de cocaína hacia Venezuela con rumbo a Europa y Estados Unidos; a su alrededor hay más de 150 trochas por las que ingresan de Venezuela camiones con gasolina de contrabando y en sus calles y comercios se inventan toda clase de trampas al sistema cambiario oficial del país vecino.
Trabajadores sociales del gobierno tratan de detener la explotación de niñas pobres reclutadas para enviarlas como prostitutas a Venezuela durante los fines de semana, un negocio criminal al que se le atribuye la muerte este año del catedrático Oscar Eduardo Suárez Suescún, que estudiaba el fenómeno.
A pocos kilómetros de la ciudad, incluyendo el territorio venezolano, operan campamentos de las guerrilleras Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN), según autoridades de ambos países.
Algunos de los barrios pobres de la ciudad son asaltados por grupos de paramilitares que llevan a cabo operaciones de limpieza social, matando drogadictos, prostitutas y vagabundos.
Ante este ensañamiento de la criminalidad, una población trabajadora, culta y honesta, trata de sobrevivir el día a día manteniéndose al margen de las guerras que la rodean.
Pero el crimen ha corrido la frontera convirtiendo al vecino estado de Táchira en una réplica de la encrucijada colombiana, situación que ha sido en parte utilizada por el gobierno del presidente Hugo Chávez para fijar en esta franja fronteriza el escenario potencial de un conflicto armado entre ambos países.
Aunque en estos días de crisis ciudadanos de ambos lados del río Táchira, el hito fronterizo, se han pronunciado sobre la tradicional fraternidad de la región binacional y coinciden en calificar de "una locura'' la posibilidad de una guerra, algunos venezolanos han empezado a culpar a los colombianos de su situación.
"Ha habido una penetración de esos vicios que uno antes veía en la televisión y la prensa y que no son de Venezuela, no son hechos que eran comunes acá sino que han llegado y han ido penetrando aquí'', dijo a El Nuevo Herald, José Rozo, presidente de Fedecámaras de San Cristóbal, capital de Táchira.
"Esa delincuencia [de Colombia] se ha integrado con delincuencia interna y el sector empresarial ha sido víctima de secuestros y extorsiones'', agregó Rozo.
La bandas armadas, según el dirigente gremial, utilizan el nombre de los grupos terroristas en Colombia para amedrantar a la población así no tengan ninguna relación con ellas.
Con una extensión de 2,219 kilómetros, por la frontera colombo-venezolana pasa 70 por ciento del intercambio comercial entre los dos países, calculado para el 2008 en algo más de $ 7,000 millones.
Una muestra del fragor comercial binacional es el consulado de Venezuela en Cúcuta, considerado el más activo de ese país en el mundo con 500 peticiones de visas al día. El cónsul se negó a dar entrevistas a reporteros de El Nuevo Herald y uno de los vicecónsules exigió a los periodistas la entrega de sus cámaras, luego de haber sido informado de que estos tomaron fotografías desde la calle a la sede consular.





























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