Jocelyne Castor, una joven de 23 años, buscaba la ayuda de un periodista extranjero en el Hospital Universitaire de la Paix en esta ciudad.
Entre el mal inglés de ella y el poco francés del reportero de El Nuevo Herald trataban de comunicarse.
"Necesito que alguien atienda a mi hijo'', parecÃa decir Castor, sin lágrimas en los ojos y aparentemente incapaz de expresar emoción alguna.
Cuando se le ofreció buscar a un médico, negó con la cabeza y explicó lo que querÃa con una pasmosa serenidad: que el reportero llevara a la morgue a su pequeño Charles, de 4 años, quien acababa de morir, para evitar que fuera enterrado en una fosa común.
La estoica aceptación de Castor ante su tragedia no excepcional.
En Puerto PrÃncipe, el llanto y los lamentos de los dÃas anteriores se han ido apagando bajo un pesado manto de resignación que cubre la ciudad como el polvo de sus escombros.
A 48 horas del poderoso sismo que redujo a ruinas a esta capital haitiana, en las calles apenas se escuchan unos tÃmidos susurros, ahogados por el estruendo de las máquinas excavadoras y los vehÃculos que circulan lentamente debido a que muchas de las avenidas que conducen al centro de la ciudad siguen bloqueadas.
Esa resignación la han visto millones de televidentes estadounidenses en el rostro de una niña de 11 años que permanece atrapada, desde la tarde del martes, bajo una mole de cemento y varillas de un barrio residencial de la ciudad.
La niña, que sólo se queja esporádicamente pese que su brazo está atrapado y posiblemente triturado por una de las paredes del edificio, recibe alimentos y agua de un grupo de impotentes voluntarios que han despejado de escombros los alrederores con masos y palas. Del lado de la menor, los hombres removieron el cadáver de uno de sus familiares.
La otra sensación que comparten muchos de los habitantes es la de una ciudad sin gobierno.
"Desde que ocurrió el terremoto, no ha habido una sola declaración al pueblo por parte de nuestros dirigentes. De acuerdo, ellos también se han visto afectados por esta catástrofe pero hubieran podido decir algo'', dijo Valentin, un funcionario del ministerio de Finanzas, a la Agence France Press.
Mientras los primeros aviones con ayuda internacional aterrizaban en un aeropuerto que quedó bajo control de fuerzas especiales de Estados Unidos en la noche del jueves, la Cruz Roja informaba desde Ginebra que los muertos por el terremoto podrÃan sumar entre 45,000 y 50,000, según el vocero de la organización, Jean-Luc Martinage.
"Lo he perdido todo. Mi marido, cuatro hijos y lo poco que tenÃamos'', dijo con voz opacada Sylvie Berger, quien explicó que se dirigÃa al norte del paÃs con su pequeña Marie, de 6 años, la única que sobrevivió al derrumbe de su vivienda.
Como Berger, miles han abandonado la ciudad con sus pocas pertenencias al hombro y rostros inexpresivos. A la vez, otros miles caminan en sentido contrario hacia las zonas más afectadas en busca de sus familiares desaparecidos.
La interminable caravana en ambos sentidos sólo se detiene en ocasiones, cuando llama su atención el ulular de una sirena y la frenética carrera de alguna camioneta que, con escolta policial, se abre paso entre el tráfico transportando tres, cuatro, cinco o seis cadáveres hacia la morgue.
Médicos Sin Fronteras atendÃa a los heridos en dos hospitales que soportaron el terremoto y estableció clÃnicas en tiendas de campaña en otras partes de la capital para remplazar sus destruidas instalaciones. Cuba, que ya tenÃa a centenares de médicos en el paÃs, atendÃa a heridos en tiendas de campaña.






























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