Vivir en un país extranjero tiene sus contratiempos, además del dolor que para algunos significa la separación familiar.
"La gente nos dice: Haitianos del diablo, váyanse a su país' '', relató Salmito.
Del lado de las promesas
En el lado dominicano de la franja fronteriza donde está el mayor cruce entre ambas naciones, se destaca la mezcla racial. En tiempos de normalidad, los haitianos que tienen permisos de entrada compran sus víveres en Jimaní, fomentando así una atmósfera comercial en el pueblo dominicano.
Elizabeth Martínez transporta mercancías en un camión y conoce minuciosamente los dos lados de la frontera. El jueves estaba sin trabajar, sentada en la alcábala del paso de Jimaní junto a funcionarios de inmigración y militares. El tráfico peatonal y vehicular para cruzar era lento.
"Todos los lunes y jueves hay un mercado dominicano-haitiano en estas calles'', dijo Martínez. "Es muy buen mercado, se venden huevos, detergente, carne. Pero hoy no hubo nada de eso''.
Los residentes en general son muy amables. Les gusta ayudar a los demás. Los funcionarios públicos hablan con la prensa libremente. Hay casas multicolores, colmados o bodegas con productos locales e importados, y un batallón de motocicletas circulando desordenadamente por las calles llenas de hoyos.
La moto de Salmito no está en buenas condiciones. El asiento trasero no es cómodo, especialmente cuando andamos por carreteras de tierra y piedra, que son comunes. La gente recoge agua del río. Para evitar que los vehículos levanten polvo, las mujeres echan agua a la arena de la calle.
En Duverge, Salmito tiene amistades haitianas y dominicanas. Sus primos también viven allí. Uno de ellos, Evel Elulus, de 27 años, acababa de regresar de una visita a Puerto Príncipe.
"Todo está desbaratado'', describió.
Dos de sus familiares murieron; tres están gravemente heridos.
Del lado de la mala suerte
En el lado haitiano de la franja fronteriza casi no hay vida. Nadie supervisa ni quién entra ni quién sale. Parece otro mundo. Es otro mundo. No obstante, el paisaje cautiva al visitante. Las montañas son señoriales y bordean un lago turquesa que con razón se llama Azuei.
Los pintorescos autobuses van saturados de pasajeros hasta en la cubierta. Se ven pasar camiones de las Naciones Unidas y otras agencias internacionales de socorro. Puerto Príncipe no está lejos.
Nosotros nos dirigimos en motocicleta a Fond Parisien. Hace tres años que Salmito no veía a sus hermanos. Considera que el combustible es muy costoso y su prioridad son sus hijos. Hay que subir una colina empinada para llegar a un área de viviendas precarias. No sabe reconocer la de su hermano. La encontramos. Un gentío sale a abrazarlo. Los niños sienten curiosidad por saber quién soy. Me agarran las manos y sonríen con dulzura.
"La comida no es cara, pero no hay con qué comprarla'', dijo su cuñado Daniel Josie, de 35 años. "No hay llave del agua, no hay luz. Caímos en el lado de la mala suerte'', agregó en referencia al lado oeste de la isla.
Las familias son grandes y los vecinos se consideran familia también. Hay niños que parecen de 3 años, pero tienen 6. Para matar el tiempo, las mujeres se peinan entre sí. Un caldo se cocina lentamente sobre el carbón. Todos parecen resignados, ni siquiera piensan emigrar a Dominicana porque creen que los van a deportar, como sucedió a Ane Marie, la hermana de Salmito.
En cambio, los niños estaban jubilosos de verse en las fotografías que les tomé. Era toda una novedad. Un descubrimiento. Saqué unos caramelos, pero no había para todos. Los repartí al azar.
Sin que nadie les dijera nada, los desenvolvieron, los partieron con los dientes y los compartieron entre todos.





























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