El carnaval llegó antes de tiempo a Miami. Y los Saints de Nueva Orleans y sus fanáticos se encargaron de traerlo. Con vestidos multicolores -especialmente el dorado y el negro del uniforme del equipo- inundaron los alrededores del Sun Life Stadium, y a varias millas a la redonda le pusieron aún más sazón al evento deportivo más importante del país.
Con el tradicional cántico de "Who dat'' -que se pudiera traducir como "¿quién, pues?"- empezaron su recorrido por University Drive hasta arribar en forma de marejada dorada y negra al estadio.
Drew Breeses de diferentes tamaños celebraban el hecho de estar en el epicentro del país. "Vinimos de Nueva Orleans a apoyar a los Saints", manifestó Reinaldo Gómez, un cubano vestido con un estrafalario disfraz dorado.
Más allá, por la puerta F del estadio, llegó hasta el mismo Papa a apoyar a los Saints. Aquel aficionado con la bata blanca y el enorme sombrero que usa la cabeza suprema de la iglesia católica pronosticaba la llegada del Armageddon para Indianápolis y sus Colts.
Collares dorados, con bolitas de todos tamaños, colgaban de los fanáticos de los Saints, incluyendo a un par de monjas -verdaderas- y que de improviso, se convirtieron en el centro de atención de los miembros de los medios de comunicación social. "Con la gracia del señor nos llevaremos el título de vuelta de Nueva Orleans", dijo una de las viejecillas.
El escenario carnestolendo incluyó a un aficionado vestido de novia, y arlequines, todos unidos bajo la Nación Saint.
Pero el pleamar azul también era enjundioso, aunque menos estrafalario. Y no le importó irrespetar la santidad contraria.
"¿Qué se creen? Ni que Peyton Manning jugara para ellos", arremetió Jorge Zaraza, un aficionado venezolano, uno de los tantos números 18 azules que había en el Sun Life Stadium.
La confrontación se quedó en el mundo de las palabras. Más bien era un juego dialéctico divertido, de niños, de felicidad, en medio de una fiesta que difirió del ambiente del Super Bowl pasado.
En Tampa, en el 2009, se sintió el impacto de la crisis financiera. En Miami se acentuó el festejo y ni siquiera el precio de las cervezas a 10 dólares impidió las largas colas en los stands. Hasta puestos de arepas -plato tradicional venezolano- había, y en muchos, la capacidad para atender a los fanáticos quedaba rebosada.
"He vendido muchísimo. Ahora no te puedo decir cuánto, pero he estado muy ocupado todo el día", apuntó Elena Salazar, que atendía uno de los stands.
El Super Bowl no tiene una fecha de regreso determinada para Miami.
Quedó la resaca de la fiesta. Una divertida jarana que reforzó la imagen del sur de Florida como la capital del entretenimiento.



























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