El consumismo y el materialismo se veneran como una suerte de dioses modernos en Estados Unidos gracias a la industria de la publicidad, que nos tiene convencidos de que la felicidad se consigue poseyendo los productos y usando los servicios que promueve exitosamente.
Se calcula que diariamente vemos hasta 3,000 anuncios publicitarios. Es imposible evitarlos. Los vemos en las oficinas de los médicos, los elevadores, los baños públicos, las gasolineras, los taxis, las paradas de autobús, los hospitales y hasta en las escuelas. Sumémosle la explosión de comerciales en la televisión, el cine, la radio, la internet, los dispositivos tecnológicos y las vallas, y entendemos por qué tantos consumidores desean ser lo que no son y tener lo que no les hace falta.
Uno de los últimos bastiones ante el comercialismo son los parques públicos. Pero si la Junta de Comisionados de Miami-Dade respalda el jueves una propuesta del comisionado Joe Martínez, muy pronto pudiéramos ver el anuncio de un videojuego, una cadena de comida chatarra o una pastilla milagrosa para adelgazar en los 263 parques del condado.
Martínez sostiene que es "inconcebible" cobrarles a los residentes $5 por estacionar en los principales parques como aprobó recientemente el condado. Tiene razón, es absurdo. Propone que los votantes enmienden la Carta de Miami-Dade en noviembre para legalizar la publicidad comercial en los parques, que serviría como fuente alternativa de ingresos para mantener los servicios.
"Los parques ofrecen a las familias una liberación de los aspectos estresantes del diario vivir", declaró Martínez en un comunicado.
Precisamente por eso es que los espacios verdes deben mantenerse libres de los efectos muchas veces nocivos de la publicidad, especialmente para los niños.
La idea de comercializar la naturaleza es parte de una preocupante tendencia que buscar borrar la separación entre el comercialismo y todo lo demás en nuestras vidas. El mensaje subconsciente es que todo está a la venta y no hay necesidad de esforzarse por el bien colectivo porque siempre podemos contar con la publicidad para llenar ese vacío.
"Es tóxico, porque socava la sensación de bienestar; interfiere con nuestra experiencia en el espacio verde y la naturaleza", afirmó Susan Linn, sicóloga que dirige la Campaña por una Niñez Libre de Anuncios Comerciales, una coalición nacional que busca limitar el impacto de la cultura comercial en los niños.
Linn me explicó que la obesidad infantil, los trastornos alimenticios, la violencia juvenil, el estrés familiar, el uso de alcohol y el consumo de tabaco por menores, así como el materialismo rampante, son flagelos agravados por la publicidad y el mercadeo.
Varios estudios demuestran que las personas que valoran demasiado lo material y corporal -- que en el sur de la Florida proliferan -- son menos felices, tienen baja autoestima, se sienten presionadas a vivir de cierta manera y presentan más síntomas de ansiedad.
Por eso los gobiernos locales tienen la responsabilidad de preservar algunos espacios públicos, mantenidos con fondos de los contribuyentes, libres de publicidad. Claro que ante los problemas presupuestarios, más ciudades exploran esta estrategia.
Un ejemplo es la Ciudad de Miami, que recientemente autorizó a un urbanizador colocar dos gigantescas y luminosas vallas electrónicas de más de 20 pisos de altura sobre un garaje de 7 pisos que construirá próximo al Arsht Center, en el downtown de Miami.
Las vallas no sólo opacarán la majestuosa arquitectura de los teatros, sino que también convertirá a la ciudad en una mala copia de Las Vegas.
Los parques públicos son refugios para los residentes; no son parques de diversiones ni estadios, donde la publicidad está a flor de piel.
Disfrutar de estos espacios verdes tiene beneficios espirituales y mentales para un gran número de visitantes, porque se asocian con el escape de una vida agitada y facilitan la reflexión. Hay algunas personas que atesoran una visita a un parque como una experiencia espiritual y otras encuentran la espiritualidad en la naturaleza misma.
Dar cabida a una plétora de imágenes comerciales en los parques del condado es llenarlos de polución visual. El mensaje de la cultura comercial es que la compra es sinónimo de felicidad. Pero ninguna compra es suficiente para lograrla. En cambio, un encuentro con la naturaleza sin ser asaltado por esta cultura te deja con el mejor regalo.



























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