Cuando se menciona la palabra Mariel, la mayoría de la gente piensa en la llegada de 125,000 cubanos a las costas de la Florida hace 30 años.
Para mí, el Mariel tiene otro significado. Es mi ciudad natal, donde vivieron tres generaciones de mi familia, que emigró de España a Cuba. Nuestras vidas se desarrollaron allí: bodas, nacimientos, bautizos, funerales y, al final, el éxodo desde nuestro país.
De manera muy parecida a mi madre, Adela Jiménez; y a mi abuela, Nena Veiga, yo crecí orgullosa de ser marieleña, razón por la que en la primavera de 1980, mientras los cubanos llegaban a Cayo Hueso, me horrorizó la etiqueta peyorativa que se les dio, marielitos, simplemente porque habían salido por el puerto del Mariel.
Para entonces habían pasado 16 años desde que yo también escapé de la entonces dinámica ciudad 25 millas al este de La Habana, conocida por su bahía de aguas cristalinas y su puerto de gran calado. También era la sede de la prestigiosa Academia Naval, el alma mater de mi padre, y de la fábrica de cemento Portland, un gigante operado durante los primeros días de la república y el auge de construcción posterior a la Segunda Guerra Mundial, por españoles, algunos de ellos familiares míos.
Cuando los marielitos comenzaron a llegar a la Florida en 1980, el Mariel ya había sufrido 20 años de negligencia comunista e iba en camino a convertirse en la Pompeya cubana, una otrora ciudad portuaria destruida por la revolución.
MI NIÑEZ
Yo nací en el Mariel el 23 de julio de 1958, el año que explotó la revolución cubana. Mis recuerdos más vívidos de niña son los de perseguir cocuyos en las cálidas noches de verano y mantenerlos como mascotas en un recipiente de vidrio.
Los domingos los pasábamos con la familia y los amigos en la Finca Monte Verde, propiedad de mi tío abuelo Antonio y su esposa Margarita Estrada, quienes convirtieron una parte de la propiedad en un restaurante junto al mar, con bar al aire libre, playa, muelle, un dique flotante con piscina y cabañas grandes para actividades de entretenimiento.
En el Mariel aprendí que los cerdos comen de todo y que el machete es el mejor amigo del guajiro. Aprendí a las malas que los pimientos rojos del patio eran chiles y que no se podía tocar el altar de Santa Bárbara de nuestra vecina Josefina.
Aprendí que no debía echar frijoles blancos en los sacos de frijoles negros que la abuela Nena tenía en el almacén del Bodegón.
Y lo más importante, que los niños hablan cuando las gallinas mean. Como yo era una niña habladora, me lo recordaban a diario.
Las primeras frases en inglés que aprendí fueron put your head on my shoulder, por el éxito de Paul Anka en 1958 que mi primo Pepe, de 13 años, tocaba sin parar, y I love you, dos frases vitales para la supervivencia en Estados Unidos, me aseguró Pepe.
Entonces, de repente, como les sucedió a muchos niños cubanos de mi edad, los problemas políticos lo pusieron todo patas arriba.
Mi padre, Pablo Lense, oficial naval durante el gobierno de Fulgencio Batista, chocó pronto con Fidel Castro, una historia muy conocida en la familia.





























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