30 años del Mariel

Los oficiales no olvidan las glorias de la Academia Naval

 
 

La Academia Naval del Mariel era un castillo moro en la cima de una colina.
La Academia Naval del Mariel era un castillo moro en la cima de una colina.
Cortesía de Ana Lense-Larrauri

alarrauri@MiamiHerald.com

Antes de la revolución, Mariel era pueblo dinámico, en gran medida porque era la sede de la única academia naval de la isla, un imán para los jóvenes cubanos más brillantes.

Ubicada en lo alto de una colina, la academia parecía un castillo moro. Fue terminada en 1908 por el abogado estadounidense Horacio Rubens, amigo de José Martí, que quería que fuera un casino. El Palacio de Rubens estaba en la cumbre de una colina llamada El Vigía. Tenía una vista espectacular de toda la bahía y la campiña de Mariel la hacía un lugar ideal para los enamorados.

Pero había una tragedia vinculada al edificio. La gente del lugar contaba que cuando su hija sufrió una caída fatal desde la colina, Rubens, desolado, vendió la propiedad. En 1916 --el mismo año en que se inauguró la Portland Cement Co.-- se convirtió en el lugar donde se capacitarían los futuros oficiales de la Marina, entre ellos mi padre.

La instalación principal es un edificio de cuatro pisos con aulas y oficinas. Los dormitorios, un auditorio, talleres, una biblioteca y otros edificios se extienden detrás del castillo. Tenía dos entradas, una por un camino que subía por la colina y el otro una escalera de 266 escalones que los cadetes usaban para entrenar.

Todos los años era una fiesta la llegada de cientos de nuevos cadetes.

Los fines de semana se mezclaban con las muchachas, paseando de uniforme por el único parque del pueblo. Muchas marieleñas sufrieron con estos oficiales, que se hacían a la mar después de graduarse.

Mi padre se graduó en agosto de 1957 y se casó con mi madre a la semana siguiente en la Iglesia de Santa Teresa, el santo patrón de Mariel. El matrimonio sobrevivió con mucho al uniforme, 53 años hoy.

En los años 80, justo después del Puente del Mariel, el complejo de la academia fue abandonado y la escuela trasladada a la La Habana.

Pese a los años, en Miami todavía existe un espíritu de hermandad entre los graduados. Los oficiales se reúnen cada vez que pueden y mi padre nunca se pierde una reunión.

Hoy, aunque la Academia Naval está en ruinas, le hace justicia a la colina en que se construyó: sigue custodiando Mariel y su bahía.

Para mi padre, sigue siendo el lugar donde aprendió a ser oficial y caballero.

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El Nuevo Herald

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