De día, trabajan de banqueros, meseros y en la construcción.
Pero en la noche, la pasión que comparten los reúne en un insólito lugar bajo las luces de un estadio.
Aquí en el sur del barrio de Overtown, cientos de hombres -- la mayor parte inmigrantes de América Latina y Europa -- llegan cada semana a jugar fútbol en canchas privadas donde pueden comprar cerveza y quedarse hasta las 2 a.m.
"Nuestro modelo de negocio es simple: Es el deporte más internacional en la ciudad más internacional, en el centro de Miami'', afirmó Randy Rendón, quien hace dos años abrió Downtown Soccer Miami, 444 NW Fifth St., con su hermano Pablo. "Simplemente vi algo muy obvio. Estos muchachos necesitan jugar, y nadie se lo estaba dando así''.
Tan alta es la demanda que los hermanos Rendón planean ampliarse el próximo año a un terreno contiguo al actual negocio.
El fútbol parece que ha encontrado un espacio en un barrio pobre e históricamente afroamericano donde el deporte tradicional es el fútbol americano.
Pocos de los jugadores que pagan para jugar en este sitio en Overtown viven aquí. Pero llegan de todas partes del condado de Miami--Dade porque es el único "futbolito'' cerca del centro con iluminación profesional hasta la madrugada y un sistema de drenaje bajo el césped sintético.
Otros espacios privados existen para el deporte, entre ellos Rooftop Soccer en Brickell y Midtown Soccer, dentro un remodelado almacén. Para los amantes del fútbol, estos negocios son preferibles a los parques públicos.
"No todos los parques tienen una cancha adecuada para jugar soccer'', comentó Carlos Alay, de 32 años, un peruano que trabaja de parqueador y juega cada jueves en el Downtown Soccer. "En un parque público uno tiene que esperar. Nosotros salimos tarde del trabajo, y preferimos pagar por una hora ya separada para nosotros''.
Alquilar una de las dos canchas cercadas del Downtown Soccer por una hora cuesta $120. A seis hombres por equipo, el costo por jugador sale a $10, y menos si otros participan como suplentes.
La gente también viene por el ambiente. El sitio tiene una licencia para vender cerveza.
Cada noche, música de discoteca sale del pequeño edificio que separa las canchas. Allí, los jugadores pueden comprar aperitivos, agua o cerveza fría. Detrás de la propiedad, Rendón facilitó un área para asados a fin de que las familias de los jugadores puedan pasar tiempo juntos durante los fines de semana.
La constante actividad ha sorprendido y frustrado a algunos residentes de las dos viviendas públicas que flanquean el negocio. Solamente una persona ha llamado a la policía para reportar la música fuerte después de las 10 p.m., pero muchos se quejan entre ellos mismos.
Rendón dijo que hace lo que puede para responder a las preocupaciones de sus vecinos. Les da su número celular y les implora que llamen si escuchan mucho ruido o hay problemas de estacionamiento.
"Este barrio es de ellos'', afirmó Rendón. "Si tú vienes a mi casa, yo espero que me vas a respetar. Y cuando yo estoy en tu barrio, yo haré lo mismo''.
No obstante, la mera presencia de un exitoso parque privado para un deporte que pocos del barrio juegan provoca inquietudes sobre la raza, la clase y el significado de pertenencia a una comunidad.





























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