Al otro día o al siguiente, nos dieron un permiso firmado de 12 o 24 horas para ir a la casa y regresar. Nosotros nos arriesgamos. Era la única forma de traer algo de comida, alguna medicina para sobrevivir lo que vendría.
De regreso, nos registraron minuciosamente al llegar a la posta. Nos quitaron las latas, las botellas. Pudimos pasar los caramelos, algunas galleticas compradas en bolsa negra; vitaminas enviadas por los parientes de la comunidad. Como no podíamos entrar con el frasco de leche magnesia, nos la tomamos allí mismo.
Los días pasaban.
Los árboles quedaron sin hojas, sin ramas. El antiguo césped verde se convirtió en fango resbaladizo. Cada día estábamos más sucios, más cansados, más hambrientos. Eramos como náufragos en un jardín, esperando por un milagro: que nos dejaran emigrar a cualquier lugar.
Vivíamos aterrorizados por los de afuera y temerosos de los de adentro.
Algunos perdieron las camisas. Fabricaron cuchillos de lata. Se hacía cualquier cosa para sobrevivir. Había demasiada hambre, demasiada ira, suficiente violencia. Un día se corrió el rumor de que estaban infiltrando agentes del gobierno para crear problemas entre nosotros. Ajeno a aquellos rumores, a mi hermano Adrián se le ocurrió limpiar sus zapatos tennis en los baños: un grupo de letrinas recién instaladas en una extensión cercada en el frente de la embajada. Cuando mi hermano regresó y le vieron los bordes casi blancos de los zapatos, no se cuántos hombres le cayeron encima gritando: ¡Un infiltrado!''. Por suerte, ya habíamos encontrado varios amigos de Cojímar que lo defendieron al minuto. Le salvaron la vida.
Los días eran calientes, a veces llovía y las noches, como casi todas las noches habaneras de abril, eran frías. Nunca existió el espacio suficiente para acostarnos. Lo máximo, era sentarnos los cuatro, enlazando con las piernas al del frente y así sucesivamente recostar la cabeza en la espalda del otro. Durante el día no podíamos abandonar el sitio. Era nuestro sitio. Al menos, alguno de los cuatro tenía que quedarse para cuidar el área, nuestro único pedacito de tierra.
Mi familia de cuatro se alimentaba de unos pocos caramelos. Las galleticas volaron. A veces repartían yogurt y ese día era una fiesta. Repartían cajitas de cartón con comida: arroz y huevo. Esas cajitas las pasaban las autoridades cubanas a través de la cerca. Lograr llegar a la cerca, ya era una hazaña. Alcanzar una de las poquísimas cajitas, era la otra, más peligrosa aún. Muchas veces los policías se deleitaban en lanzar al aire las cajitas y disfrutar del espectáculo de las peleas. Una vez a Adrián, que estaba acostado cuidándonos el sitio, le cayó una cajita encima. Pudo comer un poco, pero enseguida la gente se le vino encima a disputarse los dispersos granos de arroz. Casi lo aplastan, casi lo devoran.
El patético espectáculo de "la hora de la cena'' fue filmado una y otra vez. Esas eran las imágenes perfectas para la propaganda contra los asilados, las que vería el pueblo en sus televisores, las que vería el mundo en los documentales. Imágenes para la manipulada historia.




























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