Sin duda Carmina Burana, de Kart Orff (1895-1982), es la obra más conocida de este compositor. El éxito está asegurado cada vez que se presenta pues, a pesar de que a veces --como en la puesta de la Seraphic Fire con la Firebird Chamber Orchestra del sábado 8 en el Arsht Center-- las fuerzas orquestales se ven reducidas o las voces del coro son llevadas al mínimo, el atractivo de la música llena los teatros y garantiza la andanada de aplausos finales.
Sin embargo, esta popularidad de la obra conlleva dos puntos flojos. En primer lugar, ha privado a muchos el escuchar en vivo otras obras muy meritorias de este autor, que tiene óperas, trabajos orquestales y otra cantata de gran relevancia, La comedia del fin de los tiempos, su última gran obra, que sólo puede escucharse en una veterana grabación de los años 70, bajo la batuta de Herbert von Karajan. El otro punto es que esa misma popularidad y frecuencia en los escenarios permite al público comparar interpretaciones y versiones. Esta obra se ha escuchado bastante en Miami, y sin ir más lejos, el año pasado con fuerzas monumentales.
Esa noche, la versión de la coral Seraphic Fire y su director Patrick Dupré Quigley, se limitaba a la reducción de cámara, con un acompañamiento de distintos instrumentos de percusión, incluyendo dos pianos. Aunque es de textura interesante, no hay duda de que la ausencia de las líricas cuerdas o las clamorosas trompetas merma mucho de los efectos y tersuras que esta obra ostenta. De igual manera, la limitación de las fuerzas corales le resta al impacto del espectáculo que fue definido por su autor como "cantata escénica" o sea, con algo de teatralidad que esa noche también fue mínimo, quedando casi en una simple puesta de concierto.
No obstante, el trabajo de este distinguido grupo, con premios internacionales y maravillosos discos en su haber, mereció una larga ovación del público que ellos premiaron con un exquisito encore: de Bach, Jesús, alegría del Hombre.
Más allá de las limitaciones impuestas por esta versión, también hay que considerar ciertas incongruencias que desconcertaron a más de uno en el público. Por ejemplo, en la curiosa parte del cisne en el asador, Olim lacus colueram, el contratenor (no identificado en el programa, al igual que el resto de los solistas), actuó su personaje desplazándose contorsionadamente por el escenario, pero al ser el único que fue más allá del simple cantar el texto, no dejó de desentonar entre los solistas.
De igual manera, los tour de force del barítono, modulando su voz de manera suicida cantando a veces dentro de su tesitura y a veces como aute-contre --sin dejar de despertar admiración-- no dejó de provocar cierto desconcierto, amén de que no siempre el cambio de registro quedaba terso.
A pesar de lo dicho, hubo momentos muy hermosos y la función fue extraordinariamente exitosa, con todo el teatro --lleno a tope-- de pie. Una merecida recompensa para esta coral que una vez más demostró su profesionalismo y su dedicación, con especial mención para su director, que esa noche subió al podio a pesar de encontrarse enfermo. Sin embargo, nos gustaría ver a este talentoso conjunto explorar otros trabajos de Orff en los que sin duda podrían obtener gran lucimiento, y los miamenses --"¡Oh fortuna!"-- disfrutar de un repertorio más amplio en esta ciudad donde parece que estamos condenados a ver y escuchar siempre lo mismo. ¤


























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