Tengo la suerte de contar con muy buenos amigos que trabajan en la policía, unos son simples patrulleros otros excepcionales detectives. Cada vez que nos reunimos para ir a cenar, no puedo evitar despedirme con un ten mucho cuidado. Y cada vez que suena el teléfono por la noche lo contesto angustiada pensando que alguien me va a dar una pésima noticia referente a ellos.
Por eso el jueves, cuando alguien me llamó para contarme que dos detectives habían sido asesinados, me pasé un buen rato llorando. No conocía personalmente a los detectives Roger Castillo ni a Amanda Haworth pero la noticia de su muerte ha sido una cuchillada en el alma de todos. Su asesinato no puede quedar impune y la ley debe aplastar a todos aquellos que de una manera u otra tiene que ver con este acto miserable que se ha cobrado sus vidas.
Pero estas muertes crueles deben de servir para que cambien muchas cosas. La primera de ellas es la cultura del crimen. Los ciudadanos de a pie sólo muy de vez en cuando vemos el altísimo coste social que causa el crimen y no lo hacemos porque los oficiales de policía sirven para frenar la cultura del crimen y absorber sus peores efectos, como ahora ha ocurrido. Sin embargo, combatir el crimen no es responsabilidad sólo de la policía y el sistema de justicia. Esa es una responsabilidad que nos llega a todos. Primero porque las áreas donde se concentra el crimen tienen mil y un problemas que requieren mucho más que la acción de la policía: bajísimos niveles educativos, un desempleo elevadísimo, falta de oportunidades culturales, familias deshechas, y espantosa calidad de vida son el caldo de cultivo donde crece el crimen. Segundo, hay demasiadas armas en las calles. Con todo el respeto a la Asociación Nacional del Rifle (NRA) y a la Segunda Enmienda de la Constitución tiene que haber alguna forma de evitar al menos que armas de fuego caigan en manos de criminales convictos. No puedo creer que los padres fundadores de la patria concibieran el derecho a llevar armas para que el delincuente, muchas veces convicto que asesinó a los policías se paseara por la calle con un revolver en el bolsillo. Cómo ese grupo de asesinos pudieron adquirir el arsenal necesario para la batalla que libraron es una pregunta que exige respuesta y soluciones.
Hay ya una propuesta de ley en el congreso federal, motivada por la reciente masacre en Tucson, Arizona, que prohibiría la venta de clips con más más de 30 balas para armas automáticas. La medida permitiría que solo la policía y agentes de la ley tuviesen acceso a ese tipo de clips. No es mucho pero por lo menos es un avance en el buen sentido. Me parece eminentemente razonable pero ya verán el griterío que organizan los partidarios de repartir armas en las escuelas elementales.
Obviamente no hay respuestas fáciles en circunstancias tan trágicas.Los oficiales caídos en el cumplimiento del deber fueron héroes, también padres e hijos esposos y hermanos queridos que nunca podrán ser reemplazados. A ellos, y a todos los oficiales de policía que nos permiten vivir en libertad, nuestra gratitud, aprecio y admiración. Descansen en paz los caídos, hágase justicia con los criminales.
LA REFORMA SANITARIA Y SUS CONSECUENCIAS EN MIAMI.

























Mi Yahoo