Poco antes de aterrizar en La Habana, el ex presidente James Carter conversó con la secretaria de Estado Hillary Clinton y el consejero de Seguridad Nacional acerca de los motivos de su viaje.
Aunque nada ha trascendido del contenido de esas charlas y aunque tanto la Casa Blanca como el Departamento de Estado esquivan dar las explicaciones precisas sobre la visita, amparados en el argumento de que era un viaje privado, flota en el ambiente cierta suspicacia en cuanto al papel y grado de interés del gobierno de Barack Obama en el asunto.
Ningún ex presidente norteamericano viaja a un país conflictivo, como Cuba o Corea del Norte, sin el consentimiento o acuerdo previo con la administración de turno, sea ésta demócrata o republicana. Ningún ex presidente realiza un viaje relámpago por el gusto de informarse sobre las medidas o reformas que el régimen dictatorial en ejercicio esté poniendo en marcha para su propia salvación.
Bill Clinton voló a Pyongyang en agosto del 2009 para sacar a dos periodistas estadounidenses, acusadas de espionaje y condenadas por el régimen de Kim Jong Il a doce años de trabajos forzados por cruzar la frontera con China. Un año después Jimmy Carter reeditó la fórmula y logró la excarcelación de su compatriota el maestro de inglés Aijalon Gomes, condenado por razones desconocidas a ocho años de trabajos forzados, tras pisar territorio norcoreano.
El resultado de ambas gestiones se tradujo en que Corea del Norte fue excluida en el 2010 de la lista de países patrocinadores del terrorismo, una de las peticiones que el ex presidente hace a su gobierno respecto a Cuba.
Tengo la impresión de que, si bien hubo algún tipo de interés en el viaje de Carter a La Habana, la Casa Blanca y el Departamento de Estado han quedado defraudados, debido a la nula voluntad de los Castro de liberar al norteamericano Alan Gross. Y a causa también del tono y lo irreal de las propuestas de Carter.
Ni siquiera él, si estuviera en la Casa Blanca hoy, podría cumplir sus deseos de levantar el embargo, liberar a los cinco espías convictos de la Red Avispa, retirar a Cuba de lista de países patrocinadores de terrorismo y abolir las restricciones de viaje de los ciudadanos norteamericanos a la isla. Dicho en su lenguaje o el de Castro, mejorar las relaciones.
Pregunté a la Casa Blanca y al Departamento de Estado sobre las declaraciones de Carter. Ambas instituciones contestaron que el ex presidente fue a Cuba como ciudadano privado. Una visita no oficial, dijeron, y él está en todo su derecho de expresar sus opiniones.
El portavoz del Consejo Nacional de Seguridad, Robert R. Jensen, me aseguró en un correo electrónico que la política norteamericana actual mantiene su objetivo de ayudar al pueblo de Cuba en la libre determinación de su propio futuro, lo que está en correspondencia con los intereses de Estados Unidos.
Charles Luomo-Overstreet, vocero del Departamento de Estado, me escribió que las sanciones a Cuba están diseñadas para permitir que ayuda humanitaria llegue a los cubanos, al tiempo que EEUU niega recursos al gobierno de Castro, que, de tenerlos, podrían ser usados para reprimir a sus ciudadanos.
Sobre los espías de la Red Avispa, Luomo-Overstreet recalcó que los cinco agentes de Castro fueron encontrados culpables de violar las leyes norteamericanas y que sus condenas fueron ratificadas en todos los procesos de apelaciones que hubo.
En otras palabras, la administración Obama no moverá un dedo, a menos que Raúl Castro mueva fichas de verdad, empezando por la liberación de Gross.
El tiempo dirá quién salió mas favorecido con la visita de Carter. A primera vista, la oposición interna recibió un fuerte espaldarazo ante los ojos del régimen. Carter fue consecuente con sus principios en materia de derechos humanos y se reunió con periodistas y blogueros independientes y opositores, Damas de Blanco y ex presos políticos. El gobierno se agenció a un emisario, cuya efectividad en este tenor está por medirse. Y Fidel Castro obtuvo un rato de remembranzas.
Un buen amigo de una tarde en Punto Cero. Un buen amigo al que le endilgó 125 mil marielitos, para fortuna de éstos.
























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