EL CAIRO -- El primer bloque de cemento en el muro había sido colocado en la mañana. Después otro y otro, hasta que nadie —ni los jóvenes idealistas que exigían que continuara la revolución, ni los hinchas del fútbol que buscaban pelea, ni los oprimidos que simplemente exigían algo más— podía ver la calle que había surgido como la arena para la insurrección de Egipto en esta semana.
Los estertores de la violencia que presentaron la mayor crisis al país desde la caída del presidente Hosni Mubarak en febrero terminaron este jueves —por ahora—, a medida que las fuerzas armadas de Egipto lograron separar a los manifestantes de la policía. Pero, mientras el gas lacrimógeno seguía pendiendo de la brisa invernal, ya había surgido su legado por la promesa y peligro de la revolución de Egipto.
Con vigor y determinación, los jóvenes se unieron solidariamente y reunieron lo que tenían para mantener viva su lucha, dirigiendo clínicas de primeros auxilios y alimentando a los hambrientos, incluso al tiempo que sus colegas en el frente presentaban demandas que ningún gobierno, al menos ahora, puede cumplir.
“Queremos justicia social”, afirmó Ali Mohammed, de 20 años de edad, quien estaba pasando su sexto día cerca de las barricadas. “Nada más. Eso es lo menos que merecemos”.
No hubo gritos de victoria este jueves. El día parecía más bien un momento para la reflexión, a medida que la revuelta y revolución más espectacular de todo el mundo árabe daba un giro nuevamente, esta vez hacia elecciones, más protestas planeadas en la Plaza Tahrir y otros hitos en una transición hacia un mandato verdaderamente civil que, incluso ahora, al parecer no está garantizado. La semana de intranquilidad demostró que las voces en la plaza, aún inarticuladas y aún sin representación de los poderes que prevalecen, de alguna manera tendrán una voz en lo que siga a continuación.
El clamor en enero y febrero era que el pueblo quería la caída del gobierno de Mubarak. Este jueves, resonó una variación, a medida que la muchedumbre marchaba por una calle repleta de los restos de sus días de batalla. “El pueblo quiere el derecho de pertenencia”, decía audazmente.
Poco después de que estallaran los choques el sábado pasado, medios sociales, televisión y la comunicación de boca en boca atrajeron a la gente a una plaza que, hasta esta semana, no había logrado reunir el tipo de resistencia y adaptabilidad presenciado en el invierno. La lealtad a partidos era tenue, al igual que la lealtad a dirigentes que no han logrado canalizar la frustración de los manifestantes. A menudo se oía la lealtad entre ellos mismos.
Ibtisam Hamdy, estudiante de ingeniería de 19 años de edad, se sintió atraída a la plaza por el derramamiento de sangre. Al poco tiempo ya se había puesto una máscara antigás y gafas sobre su velo rosa para protegerse del gas lacrimógeno. Una vez allí, empezó a transportar provisiones a ocho improvisadas clínicas de salud.
“Me di cuenta de que había mucho por hacerse”, apuntó.





























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