María Antonieta Collins

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DE MUJER

MARÍA ANTONIETA COLLINS: Comiendo con pamela puesta

 

Desde que entró al restaurante todas las miradas fueron sobre ella. Era el mediodía y aquella mujer que orgullosa exhibía su cabeza coronada con enorme pamela negra nos hizo a muchos voltear a verla.

La pareja con quien yo almorzaba fue la primera en notarla. Era imposible no verla mientras caminaba entre las decenas que abarrotaban el lugar. Parecía que las paredes del sitio tendrían que hacerse más anchas para dejarla pasar, mientras que ella luchaba por sostener en sitio aquella pamela de inmensa ala ancha. Era como una equilibrista entre las multitudes a quienes por poco dejaba tuertos con aquel accesorio hecho de un almidonado tul negro.

Comencé a elucubrar de dónde vendría con el atuendo. Probablemente -me dije- debe de ser de un funeral de lujo, ya que de negro, literalmente de la punta del zapato a la punta de la cabeza, es perfecta para un funeral de difunto rico.

Entre los comentarios de mis amigos y las miradas de los vecinos de mesa que la siguieron hasta el preciso momento en que se sentó, me sorprendí con una asidua lectora de esta columna, quien sin más me vio y me hizo una petición sui generis.

“Usted tiene que escribir algo sobre esto”.

Se lo prometí a Catalina Bosterdam, una experta en productos para la piel.

“Me parece que la señora con ese atuendo únicamente quiere lograr algo: llamar la atención. Porque hay que verla lucir orgullosa ese sombrero totalmente para primavera o verano en pleno otoño” .

Catalina había puesto el dedo en parte del problema: el tul de la pamela.

“No parece importarle ni cómo luce, ni absolutamente nada, sólo entrar en un sitio y que las miradas volteen hacia ella. Se comporta tal y como si se encontrara en Londres, en Madrid o haciendo su entrada triunfal en el casino de Montecarlo”.

No pude evitar la tentación de mirar hacia la mesa donde se había sentado al tiempo que escuchaba a mis amigos:

“Ahora viene el siguiente espectáculo: ha pedido una pizza para el almuerzo”.

Catalina añade: “Habrá que ver cómo le va a hacer para comérsela”.

Lo próximo fue la forma en que la mujer, con todo y la pamela negra de almidonado tul, se comió aquella pizza. Desafió las leyes del equilibrio mientras con la cabeza mantenía quieto el sombrero para que no aterrizara en la mesa que compartía con amigas, mientras que con las manos controlaba la rebanada que se llevaba a la boca de forma que el pepperoni y la cebolla no salieran volando.

No sucedió ningún desastre, y luego de comer aquella mujer salió del restaurante tan feliz y orgullosa de su sombrero como cuando llegó, y efectivamente parecía sentirse en las carreras de Ascot o por lo menos en el Derby de Kentucky.

“Al que Dios se lo dio, que San Pedro se lo bendiga” digo al matrimonio amigo.

“Tienes razón”, responden rápidamente, “solo hay que avisarle a esa mujer que vestida así, por lo menos debe ordenar una ensalada, y no darle semejantes mordidas… a una pizza”.

Les doy la razón. • 

mariaantonietacollins@yahoo.com
El Nuevo Herald

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