No se cuál de las escenas me afectó más: si la escena de Herman Cain, ex aspirante a la candidatura presidencial republicana en televisión nacional diciendo que “estaba en paz con su esposa y que su esposa estaba en paz con él”, o verla a ella sonriente detrás de él, alzando los brazos como el boxeador que ganaba la pelea en el mismo escenario donde Cain anunciaba que se retiraba de la contienda presidencial. El asunto es que el retiro de uno de los más viables a la nominación ocurrió por amantes y más amantes que le surgieron en menos de dos meses. Y eso no es un chiste para la pareja de nadie.
Pero ser infiel es una avenida de dos sentidos. No solo eran ellas, también Mr.Cain.
Creí que la última ocasión en que un político pensó que la infidelidad era una moda fue cuando el entonces presidente Clinton y la entonces Miss Monica Lewinsky anduvieron haciendo sus cosas y pasaron a la historia de este país como una lección de vergüenza y tortura a la que serían sometidos los políticos si se les descubría que eran infieles, y después el senador John Edwards y su amante, parecían ser los últimos políticos de una serie de “casanovas a lo americano” que siempre han existido. Me equivoqué.
Vuelvo a Herman Cain y su mal entendimiento de que este país es liberal. Quien no lo conoce piensa así. La realidad es que somos conservadores, y la prueba más clara: lo que sucedió luego de que por lo menos tres mujeres que salieron a denunciar sus hazañas sexuales, y luego de que además de eso nos dejara con la boca abierta cuando de pronto aparece una amante más, pero con características más letales que las otras: la que tuvo con el una relación de ¡trece años! Eso va más allá de cualquier dilema moral. Esto entra en los terrenos de la temeridad, y a un político le cuesta caro.
¿Qué pensaba? ¿Que no lo descubrirían? ¡Válgame! Si quería hacerlo, ese era su problema, pero ser infiel y seguir con la esposa, y además engañar a la amante con otras tres amantes al mismo tiempo… simplemente eso se llama descaro. No me digan que adicción al sexo.
La última amante deja la sangre helada, al escucharla decir que lo que tuvo con Cain no era una relación amorosa… sino sexual.
Por cosas como estas que fueron tan públicas, y peor aun, aunque fueran privadas entre marido y mujer, es que no entiendo que la mujer de Herman Cain saliera feliz sonriendo detrás de su hombre el día que éste decidió no seguir en la competencia política.
Probablemente su risa fue de triunfo sobre las amantes de su marido: ella había ganado, sin lugar a dudas. Cain se había quedado con ella, pero, ¿valía la pena semejante trofeo?•

























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