Ahora que las tropas estadounidenses han terminado de retirarse de Irak –de forma pausada, sin mucha celebración y dejando por detrás más incertidumbre y temores que esperanza y triunfos– vale la pena intentar analizar las películas que han tratado el tema de la guerra, tanto en Irak como Afganistán.
Ambos conflictos se han caracterizado por un control férreo de la información, sobre todo en el campo de batalla. Un control enérgico donde al mismo tiempo han imperado los extremos visuales. En este sentido, lo que comenzó con un despliegue de imágenes digitalizadas dio un giro completo con las fotografías de las humillaciones y torturas a los prisioneros islámicos en cárceles como Abu Ghraib, por una parte, y las decapitaciones y otros actos de terror de los fundamentalistas, por la otra.
El espectro visual de la guerra se vio de pronto dominado por dos formas de deshumanización. Una digital, que convertía un vehículo en un pequeño punto, su estallido producto de un cohete o una bomba en un breve flash y la muerte, el dolor y la agonía, los pedazos de cuerpos esparcidos y la carne quemada desaparecidos de la pantalla, en una operación casi quirúrgica, libre de sangre y tumor. La otra violenta y primitiva, que convertía al video en un instrumento medieval y mostraba la barbarie sin pudor, y por supuesto sin resto de humanidad de los ejecutores.
Entre unas imágenes y otras aparecían en la prensa y la pantalla análisis y comentarios, algunos partes de guerra y declaraciones políticas que poco a poco fueron sembrando la desconfianza frente al apoyo que inicialmente tuvieron las acciones bélicas de Estados Unidos.
A diferencia de otros conflictos, no había el consuelo de un enemigo definido. Este se movía en las sombras, y aunque las acciones se desarrollaban –y continúan desarrollándose en cierto sentido– en territorios específicos, en ocasiones resultaba muy difícil aplicar los conceptos tradicionales. Incluso el uso del término “guerra” empezó a ser cuestionado, y sustituido por “lucha” o “campaña”, en una aproximación más policial que bélica.
Todo ello abría varias interrogantes sobre la posibilidad del tratamiento del conflicto en el cine. La primera de ella era respecto al tiempo que debía transcurrir para que finalmente se pudiera contar con la distancia necesaria para producir y realizar obras que abarcaran a los conflictos en su dimensión más amplia y que no fueran simple propaganda o películas que pudieran ser consideradas derrotistas. Otra pregunta era la posibilidad de si el cine estadounidense sería capaz de ir más allá de la película de acción o la serie de televisión, y filmar escenarios o reconstruir éstos en una trama que trascendiera el entretenimiento emocional de una hora de duración. Lo que resultó fácil para la televisión, que de inmediato incorporó con éxito la guerra contra el terrorismo como un tema más de sus producciones habituales, no parecía fácil para el cine.
A los pocos años las respuestas han sido sorprendentes y las consecuencias diversas. Los peores augurios no se cumplieron, pero hay más de un resultado que brinda poco ánimo.



























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