Francia Torrealba, una madre soltera de 38 años que parece 10 años más joven, cree firmemente en los ángeles y en el poder de la oración.
“Creo que Dios me ha enviado muchos ángeles y muchas bendiciones”, dijo Torrealba.
Torrealba necesita las dos cosas. Hace tres meses los médicos le dijeron que tenía cáncer de seno. Le ofrecieron una opción: extirparle ambos senos o hacerle una tumorectomía, en la que sólo le extirparían el tumor y los tejidos adyacentes. La mujer se decidió por la tumorectomía, y también no decirle nada a su hijo autista de 5 años, Sebastián Morales, sobre las dificultades que tendría que atravesar.
“No creí que entendería”, dijo, mientras lo miraba jugar con un muñeco del Sheriff Woody de Toy Story.
Cuando Sebastián tenía 2 años Torrealba notó que no hablaba.
“No decía ni una palabra”, dijo. Lo llevó a un especialista. Le diagnosticaron Trastorno Generalizado del Desarrollo No Especificado (PDD-NOS), un tipo de autismo en que la persona puede mostrar características ligeras de autismo o puede presentar síntomas de otro tipo, como deficiencias en el plano social, pero ninguna en otra área como el comportamiento repetitivo.
Torrealba observó con cuidado a su hijo. Notó que podía pasarse el día sin comer nada si no había nadie cerca que lo alimentara y que le costaba trabajo mirar a los ojos a otras personas. Hasta el día de hoy ella le dice con dos horas de antelación los planes para el resto del día.
Torrealba, que vive en un apartamento de cuartos habitaciones en Doral, lo matriculó en clases de educación especial en el Centro K-8 Rolando Espinosa en esa misma ciudad.
Ella cree que los maestros hacen milagros. Durante el último año, Sebastián ha avanzado significativamente. Ahora habla en oraciones cortas y no se manifiesta con tanta timidez como antes.
Torrealba llegó a Miami de Venezuela en el 2002. Conoció a un hombre, se casaron y tuvieron a Sebastián. Poco después su esposo se fue.
“Nos abandonó”, dijo. “El viene quizá una vez al mes a ver a Sebastián, pero no trae comida y no nos da ninguna ayuda”.
En Venezuela Torrealba era abogada.
“Yo era una de un equipo de abogados que representaba a un sindicato”, dijo.
En Miami ha tenido que hacer trabajos esporádicos. Trabaja más de 8 horas al día en una oficina de mensajería, aunque no debía trabajar por su operación.
“¿Qué voy a hacer?”, dice. “Tengo que trabajar. Tengo que llevar comida a la casa. Tengo facturas que pagar”.
Hace seis meses empezó a recibir cupones de alimentos.
En este momento debe cuatro meses de alquiler. Se siente agradecida de que su casero se ha mostrado razonable y paciente con ella y entiende las dificultades que está pasando.
“Se ha portado como un ángel”, dijo de su casero, pero está muy consciente de sus responsabilidades y sabe que a la paciencia se puede agotar.
La hermana de Torrealba, Francela, llegó recientemente de Venezuela y la ayuda como puede, pero va a estar poco tiempo en Miami. Tiene que irse en dos meses.





























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