Providencialmente ubicada entre dos de los Grandes Lagos, que son una de las maravillas geográficas de los Estados Unidos, hay una población famosa por su espíritu liberal, su educación y su comida: Ann Arbor, un rico bocadito de la cultura típica del Medio Oeste americano.
A media hora de Detroit, rodeada de bosques y favorecida con el paso del río Hurón, Ann Arbor es un centro académico importante; allí reside la Universidad de Michigan, una de las universidades públicas más grandes y prestigiosas del país. En ella se gestaron muchas de las luchas por los derechos civiles en la década de 1960. Para el turista, la universidad resulta un lugar interesante de visitar. Sus edificios tradicionales construidos en ladrillo a principios del siglo XX son admirables tanto por su belleza como por su historia; desde las escaleras de la sede de la Unión de Estudiantes lanzó John F. Kennedy su propuesta para crear los Cuerpos de Paz.
El museo de arte de la universidad es fascinante. En este recinto se pueden apreciar obras de curioso significado, como la escultura en mármol blanco de Nidia la florista ciega de Pompeya, quien salvó a su amado y a la prometida de él guiándolos entre la oscuridad y los escombros que dejó la erupción del volcán Vesubio, y luego se suicidó al comprender que ni aún así podría alcanzar el amor que buscaba. A mediados del siglo XIX, el autor de esta obra, Randolph Rogers, se hizo rico vendiendo copias de su sensual escultura.
El museo incluye también arte moderno de mucha calidad. Hay salas completas de arte asiático. Desde murales chinos que inspiran toda la paz del mundo a través de naturalezas sobrecogedoras, hasta espléndidos altares sagrados de dioses y diosas de la India, el visitante puede hacerse a una idea bastante completa de lo que es el arte universal.
En Ann Arbor también hay arte que se puede tocar y comprar. En la afamada fábrica de azulejos Motawi Tileworks, su propietaria, Nawal Motawi, de origen egipcio, ha logrado trasladar a baldosas diseños únicos inspirados por la naturaleza, el arte y la arquitectura. Tales azulejos decoran chimeneas, cocinas y pisos en hogares y oficinas por todos los Estados Unidos. Los turistas pueden tomar clases rápidas y hacer sus propios azulejos, que se pueden llevar a casa.
Las artes escénicas también se destacan en Ann Arbor . El Performance Network Theatre pone en escena con profesionalismo obras que han pasado por Broadway como Ain’t Misbehavin, musical que rememora la época dorada del jazz en el Harlem de 1930. En el Comedy Showcase un sinnúmero de agudos comediantes toman el micrófono para comentar la actualidad en sus monólogos y hacer reír el público a carcajadas.
Quienes prefieren diversiones más espirituales, bien pueden visitar Crazy Wisdom, una librería new age que también es salón de técon variedad de sabores provenientes de China, Japón, India, Rusia, Inglaterra. A pesar de que el arte y la educación caracterizan Ann Arbor, su mayor atractivo probablemente es la comida. Abundan los buenos restaurantes en el pequeño centro de la ciudad con ofertas culinarias múltiples. Se desataca la ‘comida conceptual’. como la de la chef y empresaria Eve Aronoff, quien vivió varios años en Miami, y ha desarrollado en Ann Arbor un menú con marcadas influencias de la cocina cubana y algunos toques texmex. Las hamburguesas de chorizo, los frijoles refritos sobre plátano maduro con queso derretido y guacamole son de chuparse los dedos. Su negocio, Fritas & Batidas, permanece lleno. En el mismo estilo está el Café Habana. Decorado con grandes afiches inspirados en la Cuba de los años 50, el menú ofrece también su propia versión de platos y tragos latinos, como el ‘mojito volcánico’, que los mismos meseros recomiendan beber con medida.



























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