María Antonieta Collins

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DE MUJER

MARÍA ANTONIETA COLLINS: Resoluciones: el reto que acaba

 

Tengo que confesarles que el fin de año del 2011 fue el primero de toda mi vida en que no corrí antes de las 12 campanadas para repasar esa hoja que usualmente escribía horas antes a la carrera y donde ponía -fíjese bien que hablo en pasado-, todas mis resoluciones para el año nuevo.

¡Qué va! Me dije, en esta ocasión tiene que haber otra forma de no torturarse cada vez que una encuentra el famoso papel y lee lo que se escribió, o peor aún: cuando se mira una en el espejo y se da cuenta que la más común de las resoluciones de año nuevo difícilmente se cumple, es decir bajar de peso, seguida por la popular frase: “Este año comenzaré a hacer ejercicio siete veces a la semana”. ¡Sí, cómo no!

Nada de eso sucede luego de intentarlo porque es algo que es más difícil de lograr que nuestro problema.

Entonces ¿quiere decir que todo está perdido y vamos en camino a convertirnos pronto en jamón de delicatessen porque todo va a fallar?

¡Nooooo! grité en la soledad de mi habitación. Hay que hacer algo más.

Y me decidí por resoluciones reales, es decir, con nombre y apellido.

Escribo: voy a adelgazar 10 libras antes de mi cumpleaños en mayo, y si quiero lograrlo debo de hacer ejercicio por lo menos tres veces por semana y comer porciones menores diariamente y dejar de tomar sodas y comer pan como enajenada. Punto.

Ahora sí creo estar en el camino correcto, porque son deseos específicos.

Me cuido de lo imposible y que de antemano sé que solo suena bien en el papel, como “aquello de hacer ejercicio todos los días de la semana”.

“Yeah, right”.

Me dice una amiga: “Mi resolución es ser feliz” y me quedo pensando en eso. ¿Ser feliz? Y ¿qué va a hacer para lograrlo? ¡Sí, las resoluciones no pueden ser vagas! Rápidamente le respondo: si quieres ser feliz, será mejor que escribas de qué forma quieres hacerlo y entonces irás un paso adelante a no hacer nada.

Ah, pero me olvidaba de algo más: decidí no frustrarme cuando salgo a caminar y me impongo dos o tres cuadras más, porque me obliga a salir de la costumbre a la que mi mañoso cuerpo se ha acostumbrado.

Aunque, como en todas las cosas, lo cierto es que la única forma de que las resoluciones no le maten a uno la buena intención, siempre será la honestidad al escoger el propósito y responderse: ¿en verdad esto es lo que quiero lograr?

Si no, mejor escoja otra cosa porque empecinarse en algo irreal convierte ese propósito en un sueño imposible.

Ah, se me olvidaba contarle que todos estas buenas intenciones van acompañadas de una oración a Dios por la fuerza de voluntad para seguir lo propuesto.

A fin de cuentas, El es quien me permite diariamente estar viva y apasionarme con mis proyectos.• 

mariaantonietacollins@yahoo.com
El Nuevo Herald

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