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El teatro y la representación

 

Ser controversial es la característica de Sarraín, que fundó y dirigió en Miami la Olga Connor

Especial/El Nuevo Herald

Cuando se piensa en teatro: ¿se piensa en el texto o en la representación? Este es el dilema con que se debe enfrentar el crítico. Lo mismo sucede en el cine. ¿Cuál fue el texto de la novela o el guión original y cuál la representación? Hay películas que rebasan el valor de las novelas y escenificaciones que mejoran el texto. El meollo de la cuestión está en el punto de vista. Recuerdo por ejemplo Rosemary’s Baby, la cinta de 1968 de Roman Polanski, basada en la novela de Ira Levin, con Mia Farrow y John Casavettes, que consideré mucho mejor que la novela.

El guión teatral, el cinematográfico y el televisivo no se escriben para ser leídos, sino para ser representados. Cuando el autor está vivo puede modificar, junto con el director, algunas escenas. Pero cuando no, la opción le queda al director de adaptar la obra a los tiempos actuales. Eso fue lo que hizo Alberto Sarraín, en un Miami convulso por las tendencias opuestas en 1987, al montar La caja de zapatos vacía, de Virgilio Piñera. Unas 17 notas fueron publicadas en este diario, entre críticas de los periodistas Norma Niurka y Fernando Villaverde y las respuestas de los lectores.

En la sala del Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami, se revivió el tema de la polémica el domingo pasado, en la clausura del congreso Teoría y práctica del teatro cubano en el exilio: celebrando a Virgilio, del Instituto Cultural René Ariza, dirigido por Matías Montes Huidobro.

Como primicia, Sarraín confesó que estaba planeando volver a escenificar la obra en agosto fecha en que nació el poeta, hace 100 años. ¿La haría de la misma manera? “No, ahora estamos en otro tiempo, han pasado 25 años desde aquella época, y haré una puesta distinta”, afirmó. Ser controversial es la característica de Sarraín, que fundó y dirigió en Miami la compañía La Má Teodora, y que después de dirigir obras en Miami decidió dirigir en Cuba, antes de volver a Miami con nuevos bríos.

Un aspecto de la crítica de Niurka en Un Virgilio tergiversado (publicada el 3 de mayo de 1987), fue el que se le hubiera añadido un coro como preludio a la obra: “Antes de que la mano de Virgilio siquiera se vislumbre en su obra, Sarraín nos impone un preámbulo que indica por donde van los tiros: una irrupción violenta de ‘milicianos’ o ‘soldados’ en la habitación; gritos de ‘escoria’, ‘gusanos’, ‘gracias compañero’, ‘viva la revolución’; una imagen de la Virgen que se esconde cuando llegan a registrar la casa, sitúan al espectador en un espacio, lugar y tiempo determinados. ¿Qué es esto? ¿Qué tiene que ver Virgilio con esto? ¿En nombre de qué se hace una concesión tan trillada?”.

Sarraín respondió ahora que en la obra de Virgilio se traía al coro de 10 personas al final del segundo acto, algo contraproducente en la escena, por lo que decidió a situarlos al principio, consultando con Luis González Cruz, a quien Virgilio había confiado secretamente su obra en 1968. Y aunque Niurka planteó que Virgilio no tendría que ocultar su repulsa al comunismo en sus propias palabras si hubiera querido, por haber enviado la obra fuera de Cuba, uno puede especular que el poeta no se atrevería a llamar las cosas por su nombre cuando el gobierno cubano lo tenía maniatado. Una realidad sobre la que dieron testimonio en el Congreso muchos participantes que lo conocieron. • 

olconnor@bellsouth.net
El Nuevo Herald

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