Dos perros que creí abandonados en el cruce fronterizo entre Matamoros, México y Brownsville, Texas me hicieron saber de ella.
“No son callejeros”, me dijo el guardia fronterizo mexicano. “Están esperando a su ama”.
La mujer vende chicles entre los autos que esperan pasar la línea divisoria entre México y los EU. Jorge Soliño el camarógrafo con quien viajaba en la asignación se dio a la tarea de ayudarme a buscarla entre aquella inmensa cola de vehículos mientras la tarde comenzaba a caer.
“Tiene que ser alguien de gran corazón para tener a sus perritos cerca y que estos la sigan a donde quiera que ella vaya”.
Como no la encontraba, pedí entonces a otros vendedores de chácharas que me ayudaran.
De pronto uno de ellos me dice que está casi a la entrada de los E.U. donde uno muestra los pasaportes.
Le pido que la llame y rápido me responde: “No quiere venir, dice que está viendo los pájaros en el cielo”.
Caigo en cuenta de que en verdad hay cientos de aves que migran huyendo del frío hacia lo cálido de la frontera y que se resguardan sobre el alambrado eléctrico dando un espectáculo. Pero me llama la atención la respuesta de la vendedora que rechaza el negocio por no perderse el placer de observar aquellas aves.
De pronto la vemos recargada en la barda y embelezada viéndoles: la llamamos y viene a nosotros.
“Míralos, ¡qué bellos!”, y de pronto comenzó a cantarles con una voz dulce… Soliño y yo nos veíamos asombrados. Le pregunto por los perros y me dice que son suyos, y que la esperan allá en el lado mexicano. ¿Por qué te esperan?
Modesta, evita decir que porque se ve que los ama tanto que ellos son recíprocos en su afecto y que por eso cuidan de su retorno. Solo alcanza a decirme: “porque la perra me salió muy servicial”.
Le pregunto por su nombre y sonriendo dulcemente me dice: “No, no te lo puedo decir”.
Le alcanzo un dinero para que coma y dé comida a sus fieles de cuatro patas.
“Dios te bendiga”, me responde. “Me voy a seguir viendo a los pájaros”.
Hacer aquello le hizo olvidar por un rato que era una mujer con muy poco o casi nada para subsistir y que, por tanto, dependía de las ventas en la calle. Nada de eso le importaba, lo suyo era ver con los ojos del corazón.
Mientras avanzábamos para cruzar a Brownsville, volteé a verla y seguía ahí, embelesada viendo y cantando a los pájaros en un anochecer de invierno en la frontera.
Nos recordó algo que siempre hemos sabido y que comúnmente olvidamos: hay cosas que solo se ven con los ojos del corazón. Eso aprendí de aquella mujer de quien nunca sabré su nombre.•

























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