La presencia del cristianismo en la América causó entre los nativos del continente un impacto que subvirtió definitivamente el orden de sus valores. Se podrá argüir hasta la saciedad si dicho impacto fue positivo o negativo, de acuerdo con los puntos de vista de cada cual. Pero lo que no puede negarse es que una nueva expresión -lo que Lezama Lima llamó “la expresión americana”- surgió como consecuencia de ello. El cristianismo traído por los españoles, estaba imbuido por el espíritu de la Contrareforma, de la cual ellos fueron sus estandartes. Su teología de corte barroco, permeó el tipo de religiosidad que habría de surgir en las tierras que conquistaron. Como consecuencia de ello, floreció un arte en medio de antiguas culturas, cargadas de mitos y creencias, cuya imaginería mostraba una espléndida riqueza. El Barroco encontró en el oro y la plata americano, los medios idóneos para desbordar sus fantasías en los templos que construyera. Todo esto se convirtió, por lo tanto, en una expresión donde colonizadores e indígenas colaboraron para crear un extenso muestrario de figuraciones religiosas.
A pesar de la presencia del cristianismo, impuesta a la fuerza en demasiadas ocasiones, las creencias de los indios americanos permanecieron vivas, produciéndose una amalgama entre ambos que perdura hasta nuestros días. Esas creencias con sus matices cristianos, conservan en su seno un núcleo pagano que se manifiesta en las numerosas fiestas populares celebradas bajo la protección de una virgen o un santo. La Contrareforma enfatizó en la mediación de ambos para lograr hechos milagrosos, manteniendo al mismo tiempo la piedad popular en vivo. De ahí entonces la profusión de retablos y ex votos que engalanan la mayor parte de las iglesias del continente.
Actualmente en una de las salas del Lowe Museum, podemos admirar una exposición de retablos mexicanos, ilustrativos de las creencias populares de ese pueblo, que nunca ha cesado de cultivar una imaginación artística sin igual. La devoción que formaba parte del espíritu de la época reproducida en cada retablo, nos indica cuán profundamente caló en la fantasía de los mexicanos la iconografía traída por la iglesia, reformada tras el Concilio de Trento (1545-1563).
La veneración más exaltada y persistente que poseen los pueblos de origen español es la Virgen en sus diferentes denominaciones. Desde el culto a la Virgen del Rocío en Andalucía hasta la Guadalupe, una corriente pasa animando la creación de íconos como los que revela la exposición actual. Los milagros que se le atribuyen están plasmados en diferentes retablos pintados en su honor por indígenas anónimos, pues el anonimato es lo que priva en esas producciones, brindándole a la muestra su verdadero sabor popular.
La reproducción de hechos prodigiosos no podían faltar en la confección de estas pequeñas joyas de la fe compartida entre la gente sencilla. Algunos de estos retablos como La mano Poderosa o San Camilo de Leliz, Patrón de los Agonizantes, reproducen una iconografía que entra de lleno en lo que Pierre Mabille calificara como “lo maravilloso”. Angeles y demonios andan sueltos por esos retablos como recordatorios de la participación que tienen en la vida cotidiana de los creyentes. Existen dos imágenes dedicadas a una santa llamada Librata donde aparece crucificada, de acuerdo con la leyenda. La realidad y la ficción se entremezclan en la misma, alimentadas por las visiones de quienes ven en esos santos(as) un instrumento de salvación o de cura.
Cada uno de estos retablos posee pues una historia relacionada, en algunos casos, con santos que existieron, como los dedicados a San Isidro el Labrador cuyo amor por los animales era notorio. Otros pertenecen a relatos apócrifos convertidos en “hechos reales” por el fervor religioso de los fieles. Estos artesanos de la fe pudieron plasmar en imágenes hoy consideradas como naive, todo un rico caudal de figuras donde conviven viejas y arraigadas tradiciones reproducidas espontáneamente, y en algunos casos tratando de imitar los ejemplos del arte europeo. La América mestiza, la que José Vasconcelos un día bautizara como “la raza cósmica”, se encuentra presente en estos retablos. La Iglesia, a pesar de su rechazo a toda forma de idolatría, no le ha quedado otro remedio que aceptar esas imágenes donde se encuentra posiblemente lo más puro de una fe no intervenida por dogmas racionalistas.•
Carlos M. Luis es historiador de arte, escritor, curador y conferencista en galerías y museos.
‘Saintly Blessings: A Gift of Mexican Retablos from Joseph and Janet M. Shein’, Lowe Museum hasta septiembre. 1301 Stanford Drive, Coral Gables. (305) 284-3535.



























Mi Yahoo