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Una New York hispana

 
 

 
 

Especial/El Nuevo Herald

A fines del siglo XIX, José Martí escribía en una de las crónicas que publicaba habitualmente el diario La Nación de Buenos Aires: “La vida en Venecia es una góndola; en París, un carruaje dorado; en Madrid, un ramo de flores; en Nueva York, una locomotora de penacho humeante y entrañas encendidas. Ni paz, ni entreacto, ni reposo, ni sueño. La mente, aturdida continúa su labor en las horas de la noche dentro del cráneo iluminado”.

Aunque haya pasado más de un siglo, nadie podría objetar el análisis de Martí. En esencia, Nueva York sigue tan alterada como siempre. Esa actitud, entre otros atributos, es la que sigue seduciendo a los millones que la visitan o deciden vivir por un tiempo.

Si una ciudad es una obra colectiva, como escribió Thomas Mann, la esencia de Nueva York está en lo heterogéno de sus habitantes, de la “contaminación” y de las fricciones del cruce de esas culturas. De ese colectivo, claro, los hispanos son una presencia indiscutible. A través de lúcidos ensayos, la investigación periodística y lo revelador de algunas cifras, la antología Hispanic New York. A sourcebook, editada por Columbia University Press, del escritor y periodista Claudio Iván Remeseira acerca al lector a la historia del desarrollo de esa comunidad (diversa, compleja, por momentos inabarcable) . Y lo que es mejor aún, le da las claves para interpretarla.

“Exploradores y navegantes españoles y portugueses, un liberto intérprete africano, judíos sefaradíes huyendo de la intolerancia religiosa, esclavos negros y criados indios, todos ellos vinculados entre sí por el hecho de haber sido en algún momento súbditos del imperio español, tuvieron una participación activa en el estuario del Hudson durante los primeros tres siglos de colonización europea”, escribe Remeseira. “A comienzos del siglo XIX, Nueva York se convirtió en destino privilegiado de revolucionarios y políticos sudamericanos que llegaron, primero, en busca de fondos y apoyo para sus luchas independentistas contra el dominio español, y para desarrollar contactos comerciales y diplomáticos entre Estados Unidos y las flamantes repúblicas americanas, más tarde”.

La inclusión del ensayo The Spanish Element of our Nationality (“El elemento español de nuestra nacionalidad”), que Walt Whitman escribió en 1883, precisamente, es también una de las inteligentes entregas de libro. Otra es descubrir, a la sombra de los años y los procesos políticos, el significado de este dato: en las primeras décadas del siglo XX, los dos grupos mayoritarios en Nueva York eran los cubanos y españoles. En 1917, y con el objetivo de reclutar más soldados para la Primera Guerra Mundial, el congreso le otorgó ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños. De esta manera, los boricuas se convirtían en la población hispana con más presencia en la ciudad y, de paso, sentaban la bases de eso que ahora es tan cotidiano aquí y allá: el Spanglish.

Si José Martí fue el primer autor hispano que decidió vivir y crear en la ciudad, rápidamente se sumaron otros escritores sedientos de una vida cosmopolita: Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Pedro Henríquez Ureña, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Porfirio Barba Jacob. A esa lista, en la segunda mitad del siglo XX, se debe agregar Manuel Puig, Ernesto Cardenal, Enrique Lihn, Isaac Goldemberg, Jaime Manrique y Reinaldo Arenas.

Entre los autores contemporáneos que han colaborado en Hispanic New York. A sourcebook (ganador este año del International Latino Book Award al mejor libro de referencia en inglés) se encuentran Antonio Muñoz Molina, Paul Berman, Ed Morales, Virginia Sánchez Korrol, Roberto Suro, y Celia Zentella Ana. Al cabo de unas cuantas páginas el lector siente que es un documento invalorable, ya que registra las relaciones entre una ciudad mítica y una comunidad que trabaja día a día contra cualquier lugar común. • 

hernanvera@yahoo.es
El Nuevo Herald

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