Poniendo en práctica un antiguo ritual político cuya frecuencia coincide sospechosamente con la época de elecciones, los candidatos republicanos Newt Gingrich y Mitt Romney han venido a Miami a la caza de votos. Las promesas hechas a la comunidad cubanoamericana son tentadoras. Gingrich jura usar todas las herramientas “no militares” contra el régimen de La Habana, mientras Romney –menos original– dice que ha llegado la hora de luchar “por la libertad de Cuba”. Nada nuevo bajo el sol. Es el viejo estribillo que se escucha desde hace décadas, repetido ahora por dos tartufos que se despedazan poco a poco en una batalla campal.
Lo triste no es que el speaker y el gobernador prometan el sol, la luna y las estrellas a los votantes cubanoamericanos. Lo escalofriante es que, a estas alturas, haya todavía por ahí alguien que aplauda y crea a pie juntillas estos juramentos que producen cansancio. No hay que ir a ninguna encumbrada universidad ni leerse una montaña de libros sobre el exilio, para percibir la escasa originalidad de ambos candidatos en el tema de Cuba. Ellos, simplemente, han desempolvado el libro de trucos de sus predecesores y están haciendo y diciendo las mismas cosas a las que ya acudieron otros experimentados aspirantes demócratas y republicanos.
Para decirlo de manera descarnada: sólo buscan asegurarse la nominación y, lógicamente, la presidencia, conscientes de que el voto cubanoamericano podría ser decisivo. Después, donde dije digo, digo Diego. De ellos lograremos, a lo sumo, gestos simbólicos y mucha retórica. Quizás haya quien se conforme con tan poco. Con tal de salir del presidente Obama, no faltará quien le entregue su voto a cualquier candidato republicano que llame dictadores a Fidel y a Raúl Castro. Ahí está el problema. Mientras regalemos los sufragios con tanta prodigalidad, gente como Gingrich y Romney continuará llegando a Miami para seducirnos a base de pamplinas.
Yoel Prado
West Palm Beach





























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