Hay un proverbio chino que reza así: “Cuando sopla el viento del cambio algunos construyen muros y otros molinos de viento”. El vertiginoso crecimiento de la población hispana en Estados Unidos ha creado una compleja situación con la cual Mitt Romney –como el probable nominado– tiene una importante responsabilidad. Uno de sus principales compromisos es mostrar al Partido Republicano que sabrá aprovechar el viento en lugar de luchar contra él.
Hasta ahora, he mantenido mi palabra: respetando el undécimo mandamiento de Ronald Reagan (“No hablarás mal de otro republicano”), me he sumado a los republicanos hispanos que le dan a Romney el beneficio de la duda.
Me gusta Romney. Admiro sus logros. En la primavera del año pasado me suscribí a su campaña. Pero en las últimas semanas, ha hostigado a los hispanos con una retórica nativista que podría haber sido escrita por su más reciente seguidor, el secretario del estado de Kansas, Kris Kobach, quien ha creado leyes antiinmigrantes en Arizona y Alabama. Romney lo calificó de “verdadero líder en la seguridad de nuestras fronteras”.
Kobach, que recientemente proclamó con orgullo su apoyo a la campaña de Romney, diseñó la ley inconstitucional Muestra tus Papeles y promueve una agenda radical de represión contra los inmigrantes.
Al igual que un inocente niño pueblerino que trata de descollar entre sus vecinos, Romney repite a menudo la palabra “ilegal” como el sustantivo que reúne a los diez millones de personas indocumentadas que estarían viviendo en Estados Unidos.
Pero está muy consciente de lo que dice. Las palabras “ilegal” y “extranjero ilegal” simplifican considerablemente lo que es un tema complicado, con el agravante de que, con estos términos, se estaría definiendo a una clase de seres humanos solo por su comportamiento. Esta es una difamación interpretada por los hispanos como un insulto hiriente y que, viniendo de un paradigma de seriedad y respeto como Romney, suena como si se le silbara a un perro.
Incluso ha ido muy lejos con la promesa de vetar el DREAM Act, un enfoque bipartidista y humano con años de preparación, que prolongaría la esperanza de los jóvenes inmigrantes cuyo único “delito” fue que los trajeron cuando eran niños (como le ocurrió al propio padre de Romney, que tenía doble nacionalidad y fue traído a Estados Unidos por los abuelos de Romney, ciudadanos estadounidenses que se habían trasladado a México por motivos religiosos).
El DREAM Act daría un respiro a esta generación de inocentes, que llegaron a EEUU siendo niños y han mantenido buen carácter moral (sin antecedentes penales) y han ido a la escuela; les permitiría ir a la universidad, unirse a las Fuerzas Armadas para obtener su residencia permanente legal y la ciudadanía. Según una encuesta, al menos ocho de cada diez latinos (85%) apoya el DREAM Act. La promesa de Romney de vetar esta legislación nos suena a los hispanos como unas uñas rasgando un pizarrón.
Durante el debate de esta semana en Tampa, Romney fue muy lejos al sugerir la “autodeportación” como un medio de abordar el sistema nacional de inmigración.





























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