En la Florida se define, por segunda vez, el futuro presidencial. La ocasión anterior fue con Bush y Gore. La definición este año es en dos etapas. Empieza en la primaria, a la que llega Gingrich como globo que ha empezado a desinflarse. Habrá que ver. Si detiene la fuga de aire, si gana la primaria floridana, la nominación es suya. Si gana Romney es de Romney. Florida dará al ganador tal impulso que la contienda, por más que llegue hasta la convención, habrá sido en realidad resuelta aquí.
El desenlace final en noviembre también se resolverá aquí. El nominado republicano va a enfrentarse a Obama versión 2012. Es una versión que asomó en su mensaje sobre el estado de la Unión. Las reacciones a lo que dijo Obama ante el Congreso dan bastante que pensar. Es como si hubiera habido dos discursos, uno que escucharon los demócratas y otro los republicanos. Los políticos que ofrecieron sus comentarios después del discurso, parecían haber salido de Marte o Saturno, de cualquier planeta menos de esta tierra nuestra donde estamos llamados a convivir. Otra posibilidad es que estemos en tiempos como los del circo máximo, donde alguien tenía que morir para que pueda acabar la función. No hay acuerdo, ni intención de acuerdo entre las partes. El discurso de Obama incluyó una declaración de guerra política. “Tomaré acción contra el obstruccionismo”, dijo. “Me opondré a todo esfuerzo por restaurar la política que nos condujo a la crisis actual”. Fue su disparo de entrada a la contienda electoral. Es de una agresividad que asombra tras la aparente mansedumbre con que se ha dejado arrollar repetidamente. Se ha esforzado por no ser conflictivo. Quizás se deba a que quiere dejar en la memoria histórica del país una imagen positiva del primer afroamericano en la presidencia. Ahora, después de todo, resulta que quizás no le importe forzar las cosas con tal de ganar.
El desafío de Obama en su mensaje sobre el estado de la Unión lo diferencia de otro presidente con aspiraciones de bueno, Jimmy Carter. A Carter se lo almorzaron los ayatolas, los sandinistas, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, Omar Torrijos, etc. Su gobierno terminó con filas de automóviles en busca de combustible, con vehículos que podían circular unos días sí y otros no. Terminó con diplomáticos cautivos en Irán. Terminó con la caída de Somoza en Nicaragua y la insurrección del Farabundo Martí de Liberación Nacional en el Salvador. Carter acabó liquidado. Lo terminó de liquidar Reagan. Hoy Obama parece decidido a no ser otro Carter. Hay motivos para pensar que no logrará evitarlo. Quizás no tenga suficiente capacidad política. Ha roto –dirá que lo han hecho romper– muchas de sus promesas de la campaña anterior. Ha perdido apoyo. Por otro lado, quizás sí logre evitar ser otro Carter. Si lo hace será no por virtud propia sino por la naturaleza de sus rivales y campañas. Las campañas de Gingrich y Romney están comprometidas con caricaturas de la ultraderecha en temas como inmigración, seguro médico, impuestos, programas sociales, etc. Esas caricaturas le van a costar al nominado republicano en noviembre.
Gingrich es la antítesis de Obama. Si Obama parece manso, Gingrich es más que fiero. Suya es una política de tierra arrasada. El destrozo que deja puede resultar siendo un peso muerto para él. Ese es el riesgo de su estrategia. En este país la mayoría es moderada. Gingrich, el de la extrema derecha, no va a convencer a los moderados. Romney, el moderado, no va a convencer a los exaltados, y el republicano es un partido azuzado por exaltados en la ultraderecha y el tea partidismo. El partido busca una alternativa. No la hay. Será Gingrich o Romney, y el desenlace final se definirá también aquí. Florida está dividida casi mitad y mitad entre republicanos y demócratas. Ningún otro estado tiene un electorado tan igualmente dividido. El desenlace en la primaria republicana y el final nacional se define, para todo efecto práctico, en Florida.
Acá se sella la suerte de cuatro años. La sellamos nosotros. El 13.1% del voto registrado en Florida es latino, y en las últimas presidenciales la diferencia en este estado entre ganador y perdedor ha sido menor al 2.7%. Por eso la importancia de nuestro voto. El voto floridano es determinante. Desgraciadamente los candidatos y sus campañas, todas, sin excepción, enarbolan banderas falsas para atraer indecisos. Hay que mirar bien. El destino presidencial está en nuestras manos. Uno por uno, nuestros votos harán la diferencia. El desenlace final, cuando todo esté dicho y hecho, se habrá producido aquí.





























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