A casi un año de que empezaran las protestas en Siria contra el régimen de Bashar al-Assad –un despotismo dinástico semejante al de Corea del Norte o al de Cuba– ya se puede hablar de una verdadera rebelión. Que a pesar del terror despiadado que ha costado más de cinco mil muertos, la oposición haya podido articularse en un movimiento militar que ha llegado incluso a tomar en los últimos días algunas zonas cercanas a Damasco, es prueba, si no de un milagro, sí de una resistencia y de un coraje que merecen la celebración y el apoyo de todos los que gozamos de los privilegios de la libertad.
Las atrocidades de una tiranía bárbara han aumentado, por sí solas, la presión sobre los gobiernos y las instituciones internacionales para que ejerzan su arbitraje y, de ser necesario, intervengan. La Liga Árabe, de suyo tan cautelosa, tan poco amiga de internacionalizar un conflicto en sus predios, acaba de recurrir al Consejo de Seguridad, y en esta gestión se ve acompañada por las grandes potencias occidentales. Sólo Rusia –siempre celosa de sus esferas de influencia– y la China –si bien con menos énfasis– se han opuesto a la medida en la que ven el interés occidental de provocar un cambio de régimen. Rusia ha llegado a decir que vetaría cualquier enérgica condena a Siria en el Consejo de Seguridad, aunque la perspectiva de contrariar a los árabes puede que la lleve a optar por abstenerse.
El interés de Rusia es obvio: tiene una base naval en Siria, que se vería comprometida con la caída de Assad, y es un importante socio comercial de ese país árabe, sobre todo en materia de armamentos. Los fusiles y las balas con que asesinan a los opositores sirios son, en su mayoría, rusos. En defensa de ese pied-à terre en el Mediterráneo el gobierno ruso se olvida de los derechos humanos del pueblo sirio y se solidariza sin vergüenza con sus verdugos, aduciendo que la presión externa daría lugar a una guerra civil –como si esa guerra aún no existiera– y que las cosas empeorarían en toda la región si esta tendencia a cambiar regímenes, que tanto parece complacer a Occidente, llegara a estandarizarse. Es de esperar que el pueblo sirio no se olvide de esa actitud.
La Liga Árabe, respaldada por la Unión Europea y Estados Unidos, ha pedido la renuncia de Assad y eso es un precedente bastante insólito, pero no por raro y tardío menos digno de encomio. La vida de la gente empieza a cobrar relieve y a valorarse más que la estabilidad de un régimen tiránico y la seguridad de sus mandantes. Cuando este criterio adquiere pertinencia en la valoración de una crisis y se traduce en opinión pública, la supervivencia de ese régimen se torna precaria. En ese punto estamos.
No faltan voces agoreras que anuncian que la caída de Assad rompería el equilibrio de la zona y terminaría por provocar un conflicto regional que casi seguramente arrastraría a Israel. Otros ven la posibilidad de que el fundamentalismo islámico, representado en partidos semejantes al de la hermandad musulmana de Egipto, pueda pescar en río revuelto y hacer de Siria un país aún más hostil a la hegemonía de Occidente. Esos temores podrían ser exagerados –como afirman otros analistas–, pero en ningún caso descartables. No es moral, sin embargo, que sirvan de pretextos para frenar la ayuda que pueda prestársele a las víctimas, a un pueblo que hasta ahora sólo reclama los derechos democráticos que cualquiera de nosotros da por sentados y que, en la conquista de esos derechos, ha mostrado un heroísmo ejemplar.
Dondequiera que un tirano alza su jeta insolente (la de Assad no puede ser peor) para pretender hablar en nombre del pueblo al que oprime, las personas decentes y libres no tenemos otra alternativa que escupir; y si resulta que el tirano se encuentra en apuros, porque los oprimidos se le han sublevado, la humana solidaridad y el compromiso con la libertad nos obliga a tomar partido a favor de los que se rebelan sin escatimar injerencias.
Mañana se verá si los rebeldes de hoy se convierten en tiranos, como ha pasado tantas veces en la historia. De ser así, se les denunciará y, llegado el momento, se ayudará a los que, en nombre de la libertad, quieran derrocarlos, que tal debe ser misión de las naciones libres frente a las tiranías: esas pústulas que tanto afean aún el rostro de la humanidad.
© Echerri 2012





























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