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DANIEL MORCATE: El lenguaje del gueto

 

Algunos periódicos de la Florida recibieron una avalancha de llamadas el pasado fin de semana. Eran de votantes republicanos que, dos o tres días antes de la votación del martes, indagaban sobre las posturas de los precandidatos presidenciales de su partido en materia de economía. No hay síntoma más evidente del torbellino de estupideces, tergiversaciones y ataques personales que acabamos de padecer los floridanos en lo que se insiste en llamar, con gran esfuerzo de imaginación, “elección primaria”. Fue, en realidad, un ejercicio en canibalismo político que alguien debería someter al libro de marcas mundiales de Guinness. Al final del día, los electores republicanos tienen a su ganador, Mitt Romney, probablemente el aspirante con mayores posibilidades de darle una buena batalla al presidente Barack Obama. Pero que nadie nos diga que ganó la Florida por ser el mejor. Al menos aquí nunca se trató de eso.

En anuncios que rivalizaban en villanía, vulgaridad y simplificaciones, Romney y Newt Gingrich se acusaron mutuamente de haberse enriquecido de manera ilegítima, menospreciar a la clase media, detestar a los inmigrantes hispanos y haber cometido cualquier cantidad de violaciones éticas, entre otras lindezas. Ausente de ese intercambio solariego estuvieron el análisis crítico de los problemas reales de los votantes a los que cortejaban, las propuestas concretas de gobierno, las referencias a las cualidades de liderazgo de los candidatos mismos. Gingrich descalificó a Romney como “antiinmigrante”. Romney le devolvió el piropo acusándole de creer que el español es “el lenguaje del gueto”. Y Ron Paul tuvo incluso la gandinga de amenazar al moderador de un debate, Wolf Blitzer, de CNN, con demandarlo por discriminación por preguntarle si estaría dispuesto a revelar su expediente médico. El atrabiliario legislador de Texas, galeno de profesión, quiere darse el lujo de chochear en los debates televisados sin que nadie inquiera sobre el estado de su salud física o mental.

El bajo tono que lleva esta campaña pone de manifiesto la poca estima en que los candidatos tienen a los votantes. Recurren a las invectivas y descalificaciones porque se han convencido de que es la mejor manera de apabullar a sus contrincantes y conquistar votos. Y lo más grave es que, desde el punto de vista de la estrategia electoral, pudieran tener razón. Asesores de Romney lo convencieron de que pasara al ataque personal en la Florida luego que perdiera, inesperadamente, la elección primaria de Carolina del Sur ante un Gingrich más agresivo y pendenciero. El cambio de estrategia ostensiblemente le funcionó. No en vano muchos estrategas políticos creen que el votante promedio es de dos tipos: el que tiene mala uva y el que carece de tiempo para informarse de las sutilezas de una compleja contienda electoral. De ahí que suela votar, dicen, basándose en la cantidad de improperios que se dedican los aspirantes.

Tengan o no razón los estrategas, el tono trivial, chabacano y barriobajero de la actual campaña priva al elector de la discusión sustancial que hace falta para buscarles soluciones a los problemas neurálgicos del país, como el desempleo y el subempleo, las ejecuciones hipotecarias, el costo prohibitivo de la atención médica y la galopante deuda nacional, entre otros. De esta guerra de desgaste entre los candidatos saldrá victorioso el que disponga de más recursos para aplastar moralmente a sus rivales; y también saldrán votantes más escépticos, cínicos y decepcionados de la política en general y de los políticos en particular, algo contraproducente para el buen funcionamiento de cualquier democracia.

El verdadero lenguaje del gueto en este país, entonces, no es el español que hablan más de 40 millones de habitantes ni el de ninguna otra minoría étnica. Es el lenguaje de los políticos que, en los anuncios, debates y declaraciones a la prensa se despedazan unos a otros con tal de lograr sus objetivos electorales. Con ese lenguaje de cloaca pulverizan a sus oponentes y evitan hablar de los males del país para los cuales en realidad no tienen remedios. Si recordamos que aún nos falta la contienda entre el presidente Barack Obama y el nominado republicano, es como para hacer las maletas y marcharse a la colonia lunar que, con exquisita demagogia, promete fundar Newt Gingrich.

www.twitter.com/dmorca

El Nuevo Herald

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