BRASILIA -- La caída en serie de ministros por supuestas irregularidades es apenas la punta del iceberg de la corrupción que corroe a Brasil de forma endémica, atraviesa la política y representa uno de sus mayores desafíos para consolidarse como potencia económica mundial, según expertos.
“Somos un país rico, pero con costumbres de países pobres”, dijo a la AFP Gil Castello Branco, presidente de Cuentas Abiertas, una ONG especializada en la lucha contra la corrupción.
Desde la estadística hasta el cine, pasando por las denuncias diarias de prensa, retratan la corrupción en Brasil como un monstruo de varias cabezas, siendo apenas la más visible la relacionada con la política (el soborno, el pago de favores y el tráfico de influencias), pero no menos grave que la ineficiencia estatal y la corrupción policial.
Enquistada en la historia brasileña, la corrupción es una de las mayores preocupaciones de las clases altas y medias en tiempos de bonanza, y potencial amenaza para las millonarias inversiones que realiza Brasil para acoger el Mundial de Fútbol 2014 y los Juegos Olímpicos 2016, según analistas.
“Creo que en la misma proporción que aumenta la cantidad de grandes obras, el riesgo de corrupción también se eleva. El corrupto va adonde está el capital”, señaló Castello Branco.
La sexta economía mundial es la peor calificada después de China entre los países más ricos en materia de corrupción, según el índice de Transparencia Internacional.
Desde la creación en 1995 de ese indicador, que refleja la percepción de empresarios y expertos frente a la corrupción en el sector público, Brasil tiene una calificación promedio de 3,7 en una escala de uno a 10, siendo 1 el más corrupto.
La corrupción le cuesta cada año a los brasileños entre 1,4% y 2,3% del PIB, un porcentaje que puede alcanzar los 146.000 millones de dólares, según la Federación de Industriales de Sao Paulo (Fiesp), que presentó en diciembre uno de los pocos estudios que intenta cuantificar el problema.
“La percepción de la corrupción en Brasil se ha mantenido en los últimos años de forma constante y bastante alta”, dijo a la AFP Fernando Filgueiras, coautor del estudio “Corrupción y Controles Democráticos en Brasil”, publicado en 2011.
Como él, son varios los expertos que creen que los controles públicos aumentaron en los últimos años de democracia, pero la impunidad sigue siendo muy alta y el sistema político en todos los niveles deja un amplio espacio a la corrupción.
“Sólo el gobierno federal (central) dispone por ley de 90.000 cargos de confianza (de libre nombramiento), mientras en Estados Unidos sólo son 9.051 y en Gran Bretaña 300”, dijo a la AFP Claudio Abramo, director de la ONG Transparencia Brasil.
“El control es mejor que antes, pero la justicia no va al mismo ritmo”, complementó Marco Antonio Teixeira, investigador sobre el tema de la Fundación Getulio Vargas.
El contraste de Brasil como un país rico pero del Tercer Mundo en materia de transparencia emergió con el caso inédito de la renuncia forzada de siete ministros por presuntas irregularidades en poco más de un año de gobierno de Dilma Rousseff.
El más reciente caso fue el del ministro de Ciudades, que dimitió el jueves, acosado por denuncias de irregularidades.
Sin embargo, Rousseff goza de una popularidad récord del 72% gracias al buen momento de la economía y a que la opinión pública relaciona las renuncias con su combate a la corrupción, y en la práctica conserva la tradición de asegurar el apoyo del Congreso a cambio de cuotas de poder.
Rousseff gobierna con una coalición integrada por 10 partidos, a raíz de que su Partido de los Trabajadores sólo tiene 85 de los 581 diputados de la Cámara baja.
Así, los ministros han perdido los cargos pero sus partidos conservan los ministerios, e incluso los sucesores fueron elegidos de común acuerdo entre la presidenta y las formaciones políticas.
“Si se suma a eso un sistema de financiamiento (privado) de las campañas electorales extremadamente frágil y sin control eficiente, se constituye un margen por donde la corrupción ingresa en el sistema político”, dijo Filgueiras.
Entretanto, los brasileños mantienen una actitud ambivalente ante el problema de la corrupción.
“Hoy el brasileño sabe que la corrupción es un problema serio y (que tiene) sus consecuencias para la vida colectiva. Con todo, ese mismo ciudadano no rechaza favorecer a un familiar en el poder público si tiene oportunidad”, señaló Filgueiras.





























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