Imagine que está usted acostado en una camilla de metal dentro de un aséptico e iluminado quirófano, listo para ser intervenido quirúrgicamente. Le rodean los asistentes, el anestesista, el instrumentista, la enfermera, pero el que tiene el bisturí en la mano, listo para comenzar la cirugía, es el plomero del barrio.
Sería terrible, sencillamente espeluznante, pero gracias a Dios y a las leyes eso es algo casi imposible de considerar. Sin embargo, salvando las distancias, cosas peores se ven en las calles a diario.
Hace unos días nos fuimos de fiesta a casa de unos amigos. Queríamos pasarla bien, con nuestras parejas, compartiendo en otro ambiente con los mismos con quienes nos vemos en los días de semana para trabajar y hacer negocios.
Al lado mío una bella chica apuraba su trago para ir a bailar con el novio. El la llamaba desde el sitio donde otras parejas ya estaban bailando. Realmente lo que hacían era dar saltitos coordinados, contonear las caderas y agitarse mucho. Pensé para mis adentros: “esto no es para mí”. Me levanté y me fui a un salón interior de la casa donde animadamente conversaba un grupo de profesionales conocidos.
Luego de estar de pie durante toda una hora regresé junto a mi esposa. Al notar mi cansancio, una joven que estaba a su lado me dijo que mi problema era circulatorio y que si yo estaba dispuesto ella podría, con unas sesiones de masaje terapéutico, devolver el vigor a mis cansadas piernas. Por cortesía le pedí su tarjeta de negocios, pero me dijo que ella no las tenía consigo. Le pregunté entonces si era masajista graduada y me dijo: “más o menos”, aunque me aseguró que ya tenía clientela establecida.
No salía del asombro cuando el hijo de una amiga vino para presentarme a su novia. La dejó con nosotros mientras él iba por unos tragos. Para iniciar conversación le pregunté a qué se dedicaba. Me respondió que a asuntos de inmigración, divorcios, testamentos y algún que otro servicio similar. “¿Abogada?”, le pregunté. “No”, fue su respuesta. “¡Ah!”, le dije: “¿Usted trabaja como paralegal en un bufete...?” “Tampoco”, respondió con desenfado. “¿Entonces...?”, le pregunté. “Simplemente relleno formularios que bajo de la internet”, concluyó rotundamente. “Pero eso es practicar leyes sin licencia”, le advertí. “No necesariamente”, me dijo, para luego agregar: “Yo no doy consejos legales. Yo solamente lleno formularios”, luego sonrió y se fue.
Quedé patidifuso, pues hacía menos de dos horas me habían comentado acerca de un dentista, recién llegado de Cuba, que practicaba sin licencia; y además había tenido oídas de alguien, quien sin tener los debidos conocimientos, ni una licencia que le autorice como corredor de bienes raíces, andaba de pirata inmobiliario por las calles de Miami.
Estamos rodeados, me dije lleno de horror.
Exija a quien le brinde un servicio profesional, que le muestre las credenciales que le autorizan para ofrecerlo. No contrate impostores, ni improvisados. Pida referencias. ¡Protéjase!
J. A. “Tony” Ruano es autor del libro “Bienes raíces. Manual práctico de compra, venta y administración.” tony@ruanobrokers.com



























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