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AMERICO MARTIN: La hora de los hornos

 

Todos somos iguales, dice el cochino mayor de la granja: pero unos somos más iguales que otros.

George Orwell

Uniformar y poner armas de guerra en manos de niños ha sido una práctica universalmente repudiada y, no obstante, en algunos países justificada en nombre de sedicentes causas revolucionarias. Lo único es que quienes así se identifican lo hacen en forma pública y retadora. No usan máscaras. Pueden pasar decenios en paz, pero está en su naturaleza creer que la invasión imperial es inminente y por ende urge la resistencia de todo el pueblo, incluidos los niños, los enfermos y los ancianos. Pese a su resonancia, el concepto de “guerra de todo pueblo” no es de origen socialista sino prusiano y nazi-fascista. El padre de la criatura es Comar van der Goltz, un eficiente mariscal alemán que la vertió en su obra clásica La nación en armas, casi tan notable como De la guerra, del mayor general Carl Clausewitz.

Para Van der Goltz la guerra supone la movilización de la totalidad de los recursos materiales y humanos de un país y no únicamente de sus fuerzas armadas profesionales. La teoría influyó directamente en Adolfo Hitler, y entró en nuestro desdichado continente por vía de un estrecho aliado de los nazis, el general Juan Domingo Perón, a través de quien llegó a Fidel y más tarde a Chávez. Hitler se sentía orgulloso de sus niños soldados. Eran exhibidos sin máscaras, como ejemplos de la Nueva Alemania. Destruido el eje nazi-fascista en la Segunda Guerra Mundial, los niños violentos de los que tanto se ufanaban fueron mostrados como testimonio de lo aberrante, lo diabólico, que había sido aquella espantosa experiencia revolucionaria.

Los muchachos venezolanos organizados en patrullas y batallones de la llamada revolución bolivariana, ocultaban el rostro, hasta que ciertos trasnochados revelaron lo que ya se conocía en Venezuela. Tomaron fotografías que han dado la vuelta al mundo: unos niños encapuchados, provistos de armas largas, juran defender la revolución del presidente Chávez. El escándalo obligó al gobierno a intentar desasirse de su obra para que la máscara volviera a su lugar.

No prevalece en el PSUV alguna ideología sustantiva, más allá de rimbombancias que quieren pasar por tales. El socialismo del siglo XXI cobró pasajera influencia en la militancia, feliz de disponer por fin de textos sistémicos, pero desde que el profesor Dietterich devino crítico de Chávez, desapareció de la retórica oficial. Sin homogeneidad de ideas y prácticas democráticas, la unidad depende de la homogeneidad alrededor del presidente. Esa curiosa ratio emocional no puede saciar la sed de identidad de un movimiento que la busca sin encontrarla. Y sin embargo, el PSUV se mantiene parapetado por semejante droga, que provoca alucinaciones excluyentes. El fallecido diputado Carlos Escarrá comparaba a Chávez con “un sol”. “Los demás somos satélites girando a su alrededor, iluminados por su luz”. La adhesión servil convive con un descontento manifiesto en textos de irritación y sarcasmo, como los de Javier Biardeau, un intelectual del chavismo: “Real-politik mata a principios escuche bien compañero-camarada-combatiente. Usted, ¿es disciplinado y obediente? Si sigue con la vaina le sale tribunal disciplinario. El poder por encima de la ética socialista. La corrupción del poder por el poder mismo. Hagámonos todos los pendejos. ¡Que viva la cooptación!”

@AmericoMartin
El Nuevo Herald

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