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DANIEL SHOER ROTH: ‘Auschwitz’ en nuestros vecindarios

 

dshoer@elnuevoherald.com

“La prueba de la moralidad de una sociedad, es lo que hace por sus niños”, afirmó el teólogo luterano alemán Dietrich Bonhoffer, ejecutado por los nazis en 1945 por participar en el movimiento de resistencia.

Palabras repletas de sabiduría. Si coincidimos con él, entonces la moralidad de la sociedad en el sur de la Florida no es digna de elogio.

Este martes se cumple el primer aniversario del hallazgo del cadáver descompuesto de Nubia Barahona rociado de químicos tóxicos en una bolsa de basura dentro de la camioneta de fumigación de su padre adoptivo, Jorge Barahona. La niña y su hermano mellizo, Víctor, fueron torturados con tal salvajismo que da nauseas escuchar los espeluznantes detalles de la agonía de las víctimas de 10 años, divulgados esta semana en una grabación.

El Departamento de Niños y Familias de la Florida (DCF) ignoró múltiples señales del abuso, lo cual llevó a un equipo de expertos que examinó el caso a catalogar la labor de la entidad como “ineptitud fatal”. A raíz de la tragedia, el secretario del DCF, David Wilkins, anunció que implementaría una serie de cambios para mejorar el sistema de bienestar infantil de la Florida.

Pura demagogia. A menos de un año, la policía encontró la semana pasada a un niño de 9 años que pesaba 35 libras, vagando por North Miami Beach desnudo y escuálido. Sus huesos sobresalían de su piel; sus ojos se salían de las cuencas. Una jueza de circuito de Miami-Dade lo comparó con un sobreviviente de un campo de concentración.

“Parecía a alguien que salió de Auschwitz”, dictaminó la jueza Cindy Lederman, del Tribunal para Niños del condado. “Esto es como un cartel de neón para el abuso infantil. Hubiera sido obvio para cualquiera que hubiera entrado en contacto con esta familia en los últimos años”.

El niño ha estado bajo supervisión del DCF desde el 2002, cuando una denuncia de maltrato físico y abandono hizo que la entidad estatal se encargara de él y sus hermanos. Dos años después, fueron reintegrados a sus padres, Marsee Strong y Edward Bailey.

Al igual que con Nubia, investigadores de abuso infantil del DCF, médicos, terapeutas y educadores, estuvieron en contacto con el niño desnutrido. Es inconcebible que no percibieran su estado demacrado ni las marcas visibles del maltrato de sus padres. Las autoridades alegan que la pérdida de peso sucedió en un mes. Es imposible que un menor llegue a estar esquelético en tan corto tiempo. Nuevamente las autoridades ignoraron las señales del abuso.

¿Quiénes son estos investigadores negligentes que no notan a un niño desnutrido o a una niña que pierde el cabello y roba comida? ¿Les enseñan sobre el desarrollo infantil? ¿Y los médicos, terapeutas y maestros en contacto con los menores abusados? ¿Tienen ética profesional? ¿Dónde está la humanidad de estos profesionales que no rescatan a los niños de padres y custodios diabólicos?

No podemos echar a la borda fondos de los contribuyentes y simultáneamente poner en riesgo la vida de los más vulnerables.

El Nuevo Herald

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