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Centenario

Charles Dickens, dos siglos después

 

Especial/El Nuevo Herald

Dickens ha sido tachado de “socialista”, también de “liberal”. Lo cierto es que su obra marca una época y un hito en la Literatura Universal. Una historia de la Literatura Inglesa (escrita en inglés, no necesariamente en Inglaterra) sería inconcebible sin que apareciera su nombre; sería incompleta una historia de la novelística con la misma falta. Su obra, prolífica, ha sido traducida a todas las lenguas modernas, incluyendo el español, por supuesto.

Pero, ¿qué puede decirle al lector contemporáneo una lectura de Dickens? ¿Cómo leemos a Dickens en el siglo XXI, dos siglos después? Charles Dickens nació en 1812 y murió en 1870. Fue enterrado en el Poets’ Corner en Westminster Abbey, Londres (Reino Unido).

De su vida: tuvo un origen humilde y una infancia precaria. Con seguridad vivió la humillación y el estigma social: Su padre estaba en prisión con frecuencia por deudas. Para Thackeray, autor contemporáneo suyo, “ser pobre quería decir únicamente que durante un tiempo había que vivir a crédito”, ¡si se asomara a nuestros días! Pero Dickens sí supo de lo que nosotros conocemos como “pobreza”. Si escribió, como lo hizo, sobre los problemas sociales y morales de las clases bajas y de los obreros, lo hizo desde dentro, no como observador. Sus primeros pasos en las letras fueron en el periodismo. Conoció en vida el estrellato del éxito con sus novelas, de las que llegó a hacer lecturas dramatizadas; se dice que fue una de las causas que le precipitó la muerte. Parece ser que su salud ya estaba afectada, pero Dickens continuaba haciendo largos viajes para presentar su obra a un público que le escuchaba y aplaudía.

La primera obra de Dickens que pone su nombre en la Literatura es Papeles póstumos del Club Pickwick (1836). El título que le sitúa como clásico en la mente de los lectores, Oliver Twist (1838), autobiográfico, narra la historia de un muchacho pobre ante los riesgos del infortunio y los peligros de las tentaciones; probablemente su obra más moralista y más leída. Dickens nunca renuncia a un deje de comicidad, ni siquiera en los textos en los que el sentido melodramático es muy marcado, Nicholas Nickleby (1838-1840). Esa comicidad hoy puede leerse más bien como ironía. Seguro el lector disfrutará del humor, con respecto a las pompas fúnebres, contenido en T he Old Curiosity Shop (1841); esta fue una de las dos novelas que publicó en revistas semanales, por entregas, la otra es Barnaby Rudge (1841).

Ponemos en párrafo aparte Martin Chuzzlewit (1844). Dickens había estado en América, como muchos autores europeos. Hoy un escritor puede que conozca el mundo sin salir de su barrio, hasta hace muy poco podría decirse que eso era imposible y la Literatura no nace en hombres sin mundo. El artista siente inquietudes que le son vitales y le impulsan a buscar todo el tiempo experiencias, vivencias, realidades que viabilizan que se nutra la imaginación y que conecten con su mundo interior. Parece que la percepción de Dickens de lo que era América no fue muy positiva, el caso es que las escenas americanas en la obra fueron recibidas como una ofensa por los americanos. Podría valer la pena buscar por qué. Tal vez haya un substrato de lo mismo en algunas ideas de Tale of Two Cities, donde una de las acusaciones que recibe Darnay, por traición, se sustenta en un comentario que hace sobre la posibilidad de que Estados Unidos tuviera el poder (premonitorio ¿verdad?). Con Notas de América (1842), libro de viajes, ya había ganado la desaprobación de los americanos por la crítica que hace de la esclavitud.

El Nuevo Herald

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