En oleadas acudió el público miamense al Knight Concert Hall del Arsht Center, el miércoles primero para escuchar a la Orquesta Sinfónica Chaicovsky de San Petersburgo con su joven director Roman Leontiev y el siempre joven pianista Jean-Yves Thibaudet como solista.
La noche abrió con una tibia interpretación del Preludio y el Liebestod de Tristan e Isolda de Wagner. Sin mayores accidentes que lamentar que una trompa algo desentonada, la entrega no contó con los brillos y el dramatismo que se le puede sacar.
Sin embargo, en la segunda oferta de la noche, el Concierto no. 2, para piano y orquesta, en la mayor S. 125, de Liszt, su papel resultó mas encomiable, brindando un adecuado marco a la electrizante ejecución de Thibaudet. Con su apariencia de cantante roquero, el solista, que ya cumplió sus 50 años, ostenta ese raro equilibrio entre la audacia y la maestría, el perfeccionismo y el vigor, la tradición y el vanguardismo. Muy bien escogido como vehículo de su arte, este concierto presenta en su desestructurada organización un modelo de cuán atrevidos podían ser los compositores de otros tiempos. Cuajado de paisajes melódicos complejos, con un atrevido uso de las texturas y los elementos de percusión, la obra es como una exhalación que en un solo movimiento se despliega con audacias que prefiguraban algunas de las tendencias de la música futura. Sus modulaciones de un tono a otro, sus cambios de ánimo y los desarrollos “cíclicos” de los temas preludian el estilo de compositores posteriores.
Con menos alardes de virtuosismo que el Concierto no. 1 del mismo autor; pero con una personalidad propia que lo distingue en la producción de la época, el sólo hecho de memorizarlo con la impecable precisión de Thibaudet, es ya un prodigio. Pero el interpretarlo en toda su deslumbrante originalidad y con toda la fuerza y la frescura de sus orígenes fue lo que le ganó al extraordinario intérprete la ovación que le otorgó el público de pie.
Gentilmente, el pianista regaló otra muestra de su arte y del inmortal Liszt -de cuyo nacimiento celebramos en el 2011 el segundo centenario- Consolación no. 3, una joya que le ganó otra ovación.
La segunda parte de la noche estuvo dedicada por completo a una exquisitez sinfónica, paradigma del colorido orquesta ruso: Sheherezade, de Rimsky- Korsakov. Más en su elemento, quizá por la cercanía nacional o por el carácter más palpitante y sensual de la música, Leontiev y sus músicos se desempeñaron en este caso con mayor lujo y brillantez, logrando pasajes verdaderamente memorables que les ganaron una merecida ovación al final.
Leontiev se mostró inclinado por un encore, pero la concertina se negó, quizá cansada por el papel de solista que había interpretado dignamente en la pieza, o quizá -a juzgar por la expresión de su rostro- disgustada por la estampida de gran parte del público que, como suele suceder (sin tomar en cuenta la calidad del espectáculo) negaba los aplausos para escapar a los parqueos y evitar los proverbiales tranques de los fines de semana en la zona. Cosas de Miami, pero que sin duda molestaron a la exquisita violinista que debe estar acostumbrada a un público más agradecido y sin problemas de tránsito. •
Próximo concierto en el Knight Concert Hall, viernes 10 de febrero con la Orquesta sinfónica de Wroclaw, bajo la batuta de Jacek Kaspszyk y Garrick Ohlsson al piano. Información y entradas: (305) 949-6722 y arshtcenter.org.



























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