Opinión

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ALEJANDRO ARMENGOL: El ALBA y el limbo

 

La situación política latinoamericana es una mezcla de viejos y nuevos esquemas. Gracias a la riqueza petrolera, Chávez ha tratado de extender por toda la región una vuelta al pasado: la fórmula agotada del Estado paternalista –ineficiente y corrupto– como la solución perfecta de los problemas ciudadanos, pero sus aspiraciones de convertirse en un líder regional no pasan de ser un sueño sólo alimentado por los petrodólares y con pocas posibilidades políticas de triunfo.

La recién concluida XI Cumbre de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), celebrada en Caracas, que tuvo como anfitrión al presidente venezolano Hugo Chávez, y en la que participaron los gobernantes de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, San Vicente y las Granadinas, Dominica, Antigua y Barbuda, y el de Haití en condición de invitado, fue una mezcla de estulticia, demagogia y malas intenciones, todo bajo el disfraz de un antiamericanismo tardío y una retórica caduca.

Que todavía en Latinoamérica se escuchen y practiquen fórmulas que han demostrado su ineficiencia durante casi cien años obedece a diversos factores, pero en la actualidad el “culpable” fundamental es el petróleo venezolano, que ha permitido a Chávez repartir dinero a cambio de una fidelidad política momentánea. Con Caracas convertida en la capital mundial del crimen y el delito, los venezolanos no han visto avanzar su país en el camino del desarrollo, más bien han asistido a 13 años de gobiernos en que la situación nacional se ha caracterizado por la confrontación política, la inestabilidad social y financiera y los desatinos presidenciales. Solo gracias a una fuente de riqueza constante, que actúa de escudo frente a una gestión económica caracterizada por la ineficiencia y el despilfarro, ha podido mantener ese statu quo en que el socialismo se promete, el capitalismo se practica y la miseria se tolera.

En el campo internacional, no es poco el dinero que el presidente venezolano Hugo Chávez ha invertido en Latinoamérica, para así lograr aumentar su influencia en la región. Pero su “ideal bolivariano” –el intento de convertirse en el líder que conduzca al continente hacia un sistema social más avanzado– está cada vez más lejos de concretarse.

Chávez se ha convertido –¿no lo fue siempre?– en lo contrario: una fuerza circunstancial que frena el desarrollo económico y político y divide a las naciones.

Más que hablar de una manera simplista de un enfrentamiento generalizado entre la derecha y la izquierda, en América Latina pueden señalarse al menos tres tendencias, las cuales representan tres estrategias diferentes a la hora de enfrentar los problemas económicos y sociales.

Una es la fórmula neoliberal clásica –que propone el libre comercio, la reducción de impuestos y la inversión extranjera–, donde la creación de riquezas es la principal vía –o la única según sus partidarios más fervorosos– que conduce al bienestar.

Otra es la izquierda democrática –que combina los acuerdos internacionales y las inversiones con una política de justicia social–, la cual busca una combinación que sabe imperfecta, pero al mismo tiempo entiende que puede mejorarse, entre el capital nacional y extranjero y los derechos laborales y ciudadanos.

El Nuevo Herald

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